
Arrancador rápido LZB para trenes Iryo
Novela negra
Capítulo 1 – Tres minutos
El AVE de Iryo se quedó quieto entre Madrid y Zaragoza a las 19:47. El maquinista miró la pantalla, volvió a mirarla y soltó un taco que se oyó hasta el último vagón. El protocolo LZB se había caído. Luz ámbar fija, silencio en el sistema, nada.
En el andén de Atocha, el inspector Raúl Montero recibió la llamada a las 20:12. Llevaba la gabardina de siempre y el mismo cigarrillo sin encender. Cuando llegó al depósito, el tren ya estaba en vía muerta y el maquinista firmaba el parte con la mano temblorosa.
—¿Cuánto ha tardado en arrancar otra vez? —preguntó Montero.
—Tres minutos y doce segundos.
—¿Con qué?
El maquinista señaló una caja pequeña de cartón sobre la consola. El embalaje era blanco, con letras rojas: «Arrancador rápido LZB – Garantizado en 3 minutos. Si no, devolvemos el dinero». Precio tachado: 50 euros. Debajo, en rotulador: «Oferta bazar: 20».
Montero abrió la caja. Dentro había un aparato del tamaño de un mechero, con un conector DIN de los de toda la vida y una pegatina que decía «Compatible Iryo». El mismo modelo que había visto esa mañana en El Corte Inglés a cincuenta euros, con el mismo conector y la misma pegatina. Solo cambiaba la caja.
Capítulo 2 – El mismo aparato
En el bazar de Usera el dependiente chino le enseñó la caja de cartón sin marca. Veinte euros. En Carrefour la misma caja, pero con una banda azul y el precio de treinta. En El Corte Inglés el embalaje era rígido, con relieve y un folleto de cuatro páginas. Cincuenta euros.
Montero compró los tres. En el coche los abrió sobre el asiento del copiloto. Los tres aparatos eran idénticos: misma placa, mismo chip, mismo número de serie grabado a láser. Solo el envoltorio cambiaba.
Llamó a un contacto en mantenimiento de Iryo.
—¿Habéis homologado algo llamado Arrancador rápido LZB?
—No. Y el LZB no se «arranca» con un cacharro de veinte euros. Cuando se cae, hay procedimiento.
—¿Y si alguien lo enchufa igual?
El silencio al otro lado duró demasiado.
Capítulo 3 – La caída
El segundo fallo ocurrió a las 7:03 de la mañana, entre Barcelona y Girona. Esta vez el maquinista no esperó. Enchufó el aparato que le había vendido un compañero por quince euros (se lo había comprado en un bazar y se lo revendía). La luz ámbar parpadeó, el sistema reconoció algo y el tren arrancó a los dos minutos y cuarenta segundos.
Montero llegó al depósito de Can Tunis cuando el sol todavía no había salido. El aparato seguía conectado. Lo desenchufó y lo metió en una bolsa de pruebas. El maquinista, un tipo de cincuenta años con ojeras, le dijo:
—Si no lo pongo, el tren se queda aquí hasta que venga el técnico. Y el técnico tarda. Los viajeros se cabrean. Yo cobro por llevarlos, no por esperar.
En el laboratorio forense el técnico de la policía científica miró el aparato bajo la lupa y soltó una risa corta.
—Es un relé temporizado de los de toda la vida. Con un condensador y un chip de 8 bits. No habla con el LZB. Solo cierra un circuito durante tres minutos y luego lo abre. Si el sistema está caído, a veces el reinicio manual coincide con ese tiempo. A veces no.
Capítulo 4 – El Corte Inglés
En la planta de electrónica de El Corte Inglés de Serrano el dependiente llevaba traje y sonrisa de catálogo.
—Es el modelo profesional —dijo—. Homologado. Garantía de devolución íntegra si no funciona en tres minutos.
—¿Homologado por quién?
—Por el fabricante.
—¿Y el fabricante es…?
El dependiente miró la caja.
—Importado. Distribución exclusiva.
Montero compró uno más. En el parking lo abrió junto a los otros tres. Misma placa. Mismo número de serie. Solo el plástico del embalaje era más grueso y olía a nuevo.
Esa tarde un tren Iryo se quedó parado en la entrada de Atocha. El maquinista había enchufado el aparato de El Corte Inglés. Pasaron cuatro minutos. Cinco. El sistema no volvió. Los viajeros empezaron a grabar con el móvil. Alguien subió el vídeo a las redes antes de que el tren arrancara por el procedimiento oficial, veintitrés minutos después.
Capítulo 5 – Veinte euros
El almacén estaba en un polígono de Coslada. Cajas apiladas hasta el techo, todas iguales por dentro, diferentes por fuera. El encargado, un tipo con acento de Zhejiang, le enseñó la factura.
—Llegan de Shenzhen. Mil unidades. Las repartimos: bazar, gran superficie, Corte Inglés. El aparato es el mismo. El precio lo pone el cliente.
—¿Y la garantía de devolución?
—Nadie la reclama. Si no funciona, el maquinista no dice nada. Tiene miedo de que le echen la culpa. Y si funciona por casualidad, todos contentos.
Montero se llevó una caja sin abrir. En el laboratorio confirmaron lo que ya sabía: no había ningún componente que interactuara con el protocolo LZB. Era un temporizador barato con un conector que encajaba en la toma de diagnóstico de las cabinas Iryo. Nada más.
Capítulo 6 – El procedimiento
A las 22:15 un Iryo dirección Valencia se detuvo en plena vía. El maquinista, esta vez, no enchufó nada. Llamó al centro de control y siguió el protocolo. El tren estuvo parado dieciocho minutos. Cuando llegó a destino, tres viajeros habían perdido el enlace. Uno de ellos era un abogado que al día siguiente presentó una reclamación.
Montero fue a verlo. El abogado tenía en la mano una caja de El Corte Inglés, todavía con el precinto.
—Me la vendieron en el tren. Un revisor. Cincuenta euros. Dijo que con esto no volvería a pasar.
—¿La has usado?
—No. Quería ver si me devolvían el dinero.
No se lo devolvieron. La tienda alegó que el aparato había sido abierto. El abogado enseñó el precinto intacto. La tienda cambió de versión: «Uso indebido».
Capítulo 7 – El mismo modelo
Montero reunió los cuatro aparatos sobre la mesa del comisario. Los cuatro iguales. Los cuatro inútiles para lo que prometían.
—Veinte en el bazar, treinta en el super, cincuenta en el Corte Inglés —dijo—. Mismo relé, mismo chip, misma mentira. El que lo compra en el bazar sabe que es un chino. El que lo compra en el Corte Inglés cree que es tecnología.
—¿Y los maquinistas?
—Algunos lo usan. Algunos no. Cuando el LZB se cae de verdad, el aparato no hace nada. Cuando se cae y el sistema se recupera solo a los tres minutos, todos creen que ha sido el cacharro.
El comisario miró las cajas.
—¿Se puede prohibir?
—Se puede. Pero mientras haya alguien que lo venda a veinte euros y alguien que lo compre a cincuenta, seguirá habiendo cajas.
Epílogo Final
Seis meses después el Arrancador rápido LZB seguía en las estanterías. En los bazares a dieciocho euros (habían bajado el precio). En las grandes superficies a veintinueve con noventa y nueve. En El Corte Inglés a cuarenta y nueve con noventa, «edición limitada». El embalaje había cambiado otra vez. El aparato, no.
Los fallos del LZB seguían ocurriendo. Algunos maquinistas enchufaban el dispositivo y esperaban tres minutos. Otros llamaban al centro de control y esperaban lo que hubiera que esperar. Nadie había reclamado nunca la devolución íntegra del dinero.
Montero pasó un día por delante del Corte Inglés. En el escaparate, junto a los móviles y las cafeteras, había una pirámide de cajas blancas con letras rojas. Se detuvo un segundo, encendió por fin el cigarrillo y siguió caminando. Sabía que dentro de cada caja había exactamente lo mismo: un temporizador de tres minutos y la promesa de que, si no funcionaba, le devolverían el dinero.
Nadie lo había comprobado todavía.
Fin.
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