Con el carnet del Partido un puesto de controlador en Adif

Capítulo 1 – El afiliado de última hora

La sede de la agrupación olía a café recalentado y a fotocopiadora. Eran las once de la noche y el local seguía abierto porque había que cerrar la lista. El responsable de captación, un hombre de cincuenta y tantos con camisa de cuadros y reloj de pulsera de los que se regalan en los congresos, miró el carnet que acababan de firmarle a Raúl.

—Con esto ya puedes presentarte al examen de controlador —dijo—. Las respuestas te las pasamos mañana. No hace falta que te las aprendas todas. Con saber de qué va el partido y repetir que la seguridad es una prioridad del Gobierno basta.

Raúl asintió. Llevaba tres meses en el paro y el alquiler se le había comido los ahorros. El carnet no le costaba nada. Le prometían que, una vez dentro, el puesto era de los que no se pierden. Fuera, en la calle, llovía con esa insistencia de noviembre que hace que la gente camine más deprisa y hable menos.

El responsable guardó el carnet en un sobre y se lo devolvió.

—Mañana a las diez. Trae el DNI. Y no hables con nadie de esto. Aquí todos somos compañeros, pero hay compañeros que prefieren no saber cómo se entra.

Raúl se metió el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuando salió, el responsable ya estaba llamando al siguiente.

Capítulo 2 – Las respuestas

Al día siguiente le entregaron un pendrive y una hoja impresa con treinta y dos preguntas. Las respuestas estaban escritas a máquina, sin errores de ortografía. Algunas eran correctas. Otras eran las que el partido consideraba correctas. Raúl las leyó en el bar de enfrente, con un café que se le había quedado frío.

Una de las preguntas hablaba de distancias de frenado y de la influencia de la masa y la velocidad. La respuesta que le habían dado era un párrafo sobre la inversión en infraestructuras y el compromiso del Gobierno con la modernización. No mencionaba la fórmula. Otra pregunta pedía el protocolo concreto cuando se pierde el sistema de protección continua. La respuesta hablaba de coordinación interdepartamental y de la importancia de la formación en igualdad.

Raúl subrayó las dos con lápiz. No porque fuera a estudiarlas. Porque le pareció que alguien se había tomado la molestia de escribirlas y que, por tanto, alguien esperaba que las repitiera.

El examen fue por la tarde. La sala estaba llena de gente que miraba el reloj más que el enunciado. Raúl copió lo que le habían dado. Cuando terminó, el vigilante le sonrió y le dijo que ya podía irse. No le pidieron el DNI otra vez.

Capítulo 3 – La sala

La primera semana de prácticas le tocó de observador en la sala de control. Había pantallas grandes, teléfonos con luces y un murmullo constante de voces que hablaban en clave. El controlador titular, un hombre de sesenta años que llevaba veintisiete en el puesto, le señaló un asiento vacío y le dijo que no tocara nada.

—Si ves algo raro, me lo dices —añadió—. Pero raro de verdad. No me cuentes que te parece que el tren va demasiado deprisa. Eso lo decide el sistema.

Raúl se sentó. Pasó dos horas mirando cómo se movían los puntos de luz por las líneas. De vez en cuando alguien gritaba un número y otro lo repetía. Nadie le preguntó si entendía lo que estaba viendo. A media tarde entró un hombre con chaqueta de cuero y le dejó una tarjeta sobre la mesa.

—Si hay cualquier cosa, me llamas a este número —dijo en voz baja—. Soy de los de Marlaska. Las grabaciones se pueden revisar. Mejor que se revisen antes de que salgan.

El controlador titular fingió que no había oído nada. Raúl guardó la tarjeta en el mismo bolsillo donde había llevado el carnet.

Capítulo 4 – La novatada

La primera vez que Raúl tomó decisiones solo fue un martes por la mañana. El controlador titular había salido a fumar y el relevo llegaba tarde. Un tren de cercanías se quedó parado en una estación intermedia. El sistema pedía confirmación de que el cantón siguiente estaba libre. Raúl miró la pantalla, miró el teléfono y marcó el número de la tarjeta.

—Dile que marche a la vista —le contestaron—. Y que apunte que lo has consultado con el centro.

Raúl transmitió la orden. El tren arrancó. A los cuatro minutos el sistema marcó una alerta que el controlador titular, al volver, apagó con un gesto.

—Ha sido una prueba —dijo el titular—. No lo pongas en el parte. Si lo pones, luego hay que explicar por qué has dado una orden sin estar autorizado. Y explicar es peor que no explicar.

Esa noche Raúl recibió un mensaje en el móvil: “Bien. El compañero de la sala ya lo sabe. Sigue así.”

Capítulo 5 – Las grabaciones

Tres días después hubo un incidente real. Un tren de alta velocidad redujo velocidad de forma brusca porque el sistema de protección había caído durante cuarenta segundos. El maquinista llamó. Raúl, que estaba solo otra vez, no supo qué telefonema aplicar. Volvió a marcar el número de la tarjeta.

—Deja que el sistema se recupere solo —le dijeron—. Y borra la llamada del registro de voz. Te mando a alguien.

A las once de la noche apareció el mismo hombre de la chaqueta de cuero. Se sentó en el puesto de Raúl, abrió un portátil y estuvo veinte minutos tecleando. Cuando terminó, cerró el portátil y le dijo:

—Ya está. La grabación de esa hora no se puede recuperar. Si alguien pregunta, dices que hubo un fallo técnico en el servidor. Y no vuelvas a llamar si no es imprescindible. Cada llamada deja rastro.

Raúl asintió. El hombre se marchó sin despedirse. En la pantalla, el tren de alta velocidad ya había reanudado la marcha. Nadie había preguntado por qué había tardado tanto en arrancar.

Capítulo 6 – La física

Una semana más tarde Raúl tuvo que autorizar el paso de un tren de mercancías cargado. El sistema indicaba que el cantón estaba libre, pero el controlador titular, antes de irse, le había dejado una nota escrita a mano: “Cuidado con la rampa. Si va muy cargado, tarda más en parar.”

Raúl no entendió la nota. Autorizó el paso. El tren entró en la rampa a la velocidad que marcaba el itinerario. A mitad de la pendiente el maquinista llamó para decir que no conseguía mantener la velocidad y que el sistema de freno de emergencia no respondía como esperaba. Raúl volvió a marcar el número.

—Dile que siga —le contestaron—. Y que apunte que el problema es del material, no del control. Nosotros nos encargamos de las grabaciones.

El tren llegó a la estación siguiente con media hora de retraso y con los frenos calientes. Nadie abrió un expediente. El parte que firmó Raúl decía que se había producido una incidencia técnica ajena al centro de control y que se había actuado conforme a protocolo. El protocolo, en realidad, lo había dictado la voz del teléfono.

Capítulo 7 – El carnet

Al final del mes Raúl recibió la nómina y el carnet definitivo de controlador. El carnet del partido lo guardó en un cajón. Ya no lo necesitaba para entrar. El responsable de la agrupación le llamó una tarde y le dijo que había que ir a un acto el sábado.

—Es importante que se vea que los controladores también están con el partido —le explicó—. Llevas la chaqueta del trabajo. Hablas cinco minutos de lo orgulloso que estás de contribuir a un servicio público moderno y seguro. No hace falta que digas nada técnico. Con que digas que el Gobierno está haciendo un gran esfuerzo basta.

Raúl fue. Habló los cinco minutos. La gente aplaudió. Al salir, el responsable le dio una palmada en la espalda y le dijo que el año que viene, si todo iba bien, podrían hablar de un puesto de supervisor.

En el coche, de vuelta a casa, Raúl miró el teléfono. Tenía un mensaje nuevo del número de la tarjeta: “Mañana hay otro examen de ingreso. Si conoces a alguien que quiera el carnet, que me llame. Las plazas se cubren rápido.”

Raúl borró el mensaje. Guardó el teléfono en la guantera y condujo el resto del camino en silencio.

Epílogo Final

Seis meses después el sistema de protección continua seguía cayéndose de vez en cuando. Los controladores nuevos seguían llamando al mismo número cuando no sabían qué orden dar. Las grabaciones de esas horas seguían desapareciendo del servidor con la misma facilidad con la que se habían borrado la primera vez. Nadie abrió una investigación formal. Los partes hablaban de incidencias técnicas y de la necesidad de seguir invirtiendo en formación.

En la sede de la agrupación el responsable de captación seguía entregando sobres con respuestas. El carnet del partido se firmaba en cinco minutos. El examen se aprobaba en una tarde. El puesto se ocupaba al día siguiente. Y en la sala de control, cada vez que un tren se quedaba parado más tiempo del previsto, alguien marcaba un número que no figuraba en ningún directorio oficial y recibía la misma instrucción de siempre: que el sistema se recuperara solo y que, si alguien preguntaba, se dijera que se había actuado conforme a protocolo.

Raúl seguía yendo a trabajar. Seguía firmando partes. Y seguía borrando, cada noche, los mensajes que le llegaban al teléfono. No porque creyera que aquello fuera a acabar. Sino porque ya no sabía qué otra cosa podía hacer con ellos.


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