La baliza LGTBI16+ ya a la venta
Novela negra

Capítulo 1 – El olor a hierro caliente

La estación de Atocha olía a metal húmedo y a café quemado. Eran las seis de la madrugada y el inspector Raúl Montero todavía no había dormido. Llevaba la gabardina empapada y un cigarrillo sin encender entre los labios. En el andén 9 el tren de cercanías yacía como un animal herido: tres vagones fuera de las vías, el cuarto doblado en un ángulo que ningún ingeniero habría firmado.

—¿Cuántos?— preguntó sin mirar al jefe de estación.
—Dos muertos. Seis heridos graves. El resto… magullados y con ganas de matar a alguien.

Montero se agachó junto a una de las balizas amarillas que ahora parpadeaban en el arcén del andén. No era la clásica V16 de los coches. Esta era más pequeña, de un verde eléctrico que alguien había decidido llamar LGTBI16+. En el lateral, una pegatina de oferta: «Lanzamiento: 18 euros. Después, 30».

Un técnico de Adif se acercó frotándose las manos.
—Dicen que avisa al maquinista de la posición exacta del tren de delante y del de detrás. Por GPS. Y lleva un contador de descarrilamientos.
—¿Quién las ha puesto?
—Prueba piloto. Registradas a nombre de Cristian Centollo. Simpatizante del P.S., según el expediente.

Montero arrancó la pegatina y la metió en el bolsillo. El chip de dentro, según el manual que el técnico le pasó a regañadientes, era un 8086 modificado. Un fósil de los ochenta reescrito para hablar con satélites de Amazon Web Services.

El viento trajo el olor a frenos quemados. Montero supo que aquella noche no iba a terminar en la cama.

Capítulo 2 – El registro fantasma

El despacho de Centollo estaba en un sótano de Chamberí que olía a moho y a impresora láser. El hombre tenía los ojos de quien duerme poco y firma mucho.

—La baliza es un avance —dijo, ofreciéndole un café que Montero no tocó—. El chip 8086 modificado calcula la distancia en milisegundos. El servidor de AWS recibe la señal y se la devuelve al maquinista en tiempo real. Si hay descarrilamiento, el contador se activa y marca la posición exacta. Precio de lanzamiento: dieciocho euros. Un chollo.

—¿Y Vega Sicilia?
Centollo sonrió sin humor.
—Eso es de la V16 de los coches. Esta es otra cosa. LGTBI16+. Nombre comercial. Nada más.

Montero sacó la pegatina arrugada.
—Ayer se salió un tren en Atocha. La baliza estaba a tres metros. No avisó de nada.
—El sistema todavía está en beta. Los servidores de Amazon tardan a veces.

El inspector se fue sin despedirse. En el coche, mientras llovía, marcó el número de una antigua contacto en AWS España. La voz al otro lado tardó en contestar.

—¿Centollo? Sí, tiene una cuenta. Pero el tráfico de esas balizas no va a sus servidores. Va a otro bucket. Sin dueño claro.

Montero apagó el cigarrillo contra el volante. El 8086 no era un chip de GPS. Era un chip de contabilidad. Alguien estaba contando algo que no quería que se contara.

Capítulo 3 – El contador miente

En el depósito de Delicias el tren descarrilado estaba bajo lonas. Montero se coló a las tres de la madrugada con una linterna y una ganzúa que le había costado más que la baliza de oferta.

Dentro del segundo vagón encontró otra LGTBI16+ aplastada. El plástico se había fundido y el chip 8086 asomaba como un diente podrido. Conectó un lector antiguo que todavía entendía ese lenguaje de 16 bits. La pantalla parpadeó:

DESC. 014 – ATOCHA – 05:47
DESC. 015 – CHAMARTÍN – 06:12
DESC. 016 – MÉNDEZ ÁLVARO – 06:31

Tres descarrilamientos en menos de una hora. Ninguno había salido en los telediarios. El contador no contaba accidentes. Contaba pruebas.

Un guardia de seguridad lo iluminó con la linterna. Montero le enseñó la placa y el guardia bajó el arma.

—¿Ha visto a alguien más por aquí?
—Un tipo con chaqueta del P.S. se fue hace veinte minutos. Llevaba una caja de esas balizas verdes.

Montero salió a la calle. La lluvia había parado. El asfalto brillaba como si alguien hubiera pasado un trapo sucio. Marcó de nuevo a su contacto de AWS.

—El bucket sin dueño acaba de recibir 47 paquetes nuevos. Todos con la misma firma: Cristian Centollo.

Capítulo 4 – Dieciocho euros

La tienda de electrónica de Lavapiés vendía las LGTBI16+ en una caja de cartón junto a los cargadores de móvil. El dependiente, un chaval con camiseta de un grupo que Montero no conocía, las ofrecía a dieciocho euros con una sonrisa cansada.

—Se agotan. Después suben a treinta.
—¿Quién las trae?
—Un mensajero. Siempre el mismo. Dice que vienen de un almacén de Amazon en Coslada.

Montero compró tres. En el coche las abrió. Los chips 8086 eran idénticos, pero uno de ellos tenía un microinterruptor soldado a mano. Cuando lo activó, el GPS no marcó la posición del tren de delante. Marcó la posición de otro tren que todavía no existía en el horario.

Llamó al jefe de estación de Atocha.
—¿Hay algún convoy programado para las 23:40 en la vía 4?
—No. Esa vía está cerrada desde ayer.

Montero miró el chip. El 8086 modificado no avisaba. Creaba.

Capítulo 5 – El simpatizante

Centollo no estaba en su sótano. Estaba en un bar de Malasaña bebiendo solo. Cuando Montero se sentó a su lado, no se sorprendió.

—Las balizas no son mías —dijo—. Me pidieron que las registrara. Un favor. El P.S. necesita mostrar que se preocupa por la seguridad ferroviaria.
—¿Quién te lo pidió?
—Alguien que conoce a alguien en AWS. El bucket está en Virginia. Nadie lo revisa. El contador de descarrilamientos es real. Solo que los descarrilamientos no siempre lo son.

Montero dejó sobre la barra una de las balizas abiertas. El chip 8086 brillaba bajo la luz de neón.

—Esto no es un GPS. Es un generador de posiciones. Si le das las coordenadas de un tren que no existe, el maquinista real frena. O acelera. O se sale.

Centollo apuró el vaso.
—Dieciocho euros. Un precio de risa. Nadie mira lo que vale dieciocho euros.

Capítulo 6 – La vía muerta

A las 23:35 Montero estaba en la vía 4 de Atocha, la que oficialmente estaba cerrada. Había colocado tres LGTBI16+ a intervalos de cien metros. El chip de la del medio llevaba el microinterruptor activado.

El maquinista del tren de pruebas —un convoy vacío que Adif había autorizado a última hora— recibió la alerta en su tablet: «Tren a 180 metros. Velocidad 0. Posición exacta: vía 4, km 2,3».

Frenó.

El tren se detuvo a veinte metros de la primera baliza. Montero subió a la cabina. El maquinista temblaba.

—No había nada —dijo—. La pantalla decía que sí.

Montero apagó el interruptor. La pantalla se limpió. El contador de descarrilamientos del servidor de AWS registró un «0» nuevo y lo envió a un correo que no existía.

Capítulo 7 – El precio de mercado

Al día siguiente las LGTBI16+ costaban treinta euros. Las tiendas las tenían en estanterías limpias, con el logo de AWS en la caja. Centollo había desaparecido. Su cuenta en el registro mercantil seguía activa, pero el teléfono no contestaba.

Montero entregó el informe a sus superiores. Tres páginas. Sin nombres propios. Solo el chip 8086, el bucket sin dueño y el precio de lanzamiento.

—¿Y el contador de trenes descarrilados?— preguntó el comisario.
—Cuenta lo que le digan que cuente.

El comisario cerró la carpeta.
—Dieciocho euros. Después treinta. Un buen margen.

Montero salió a la calle. Llovía otra vez. En el bolsillo llevaba una baliza sin abrir. El plástico verde brillaba bajo los faroles.

Epílogo Final

Seis meses después el sistema LGTBI16+ estaba instalado en todas las líneas de cercanías. El contador de descarrilamientos marcaba cero. Los maquinistas recibían alertas precisas de los trenes de delante y de detrás. El chip 8086 modificado, reescrito una vez más, vivía en los servidores de AWS y respondía en menos de un segundo.

Cristian Centollo nunca apareció. Su nombre seguía en el registro. La cuenta del bucket de Virginia seguía activa.

En una tienda de Lavapiés las balizas se vendían a treinta euros. En la caja, debajo del precio, una pegatina nueva: «Tecnología española. Seguridad garantizada».

Montero pasó por delante y no entró. Sabía que el 8086 no había sido diseñado para avisar. Había sido diseñado para contar. Y alguien, en algún lugar, seguía contando.

Fin.


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