Título: Adolfo Suárez, Julio Iglesias y ahora 2 hermanas filipinas denuncian a Esquerra Republicana por abusos sexuales
Capítulo 1: El Eco de los Rufianes
En las sombras de Mataró, donde el mar Mediterráneo lamía las costas como un amante infiel, la burguesía catalana bailaba al ritmo del franquismo. Era 1963, y Jordi Rufianes era el rey de los ecos sociales en La Vanguardia Española y de las JONS. Su foto aparecía en las páginas de sociedad, sonriendo con esa dentadura perfecta que ocultaba caries morales. Jordi, un empresario textil que tejía fortunas con hilos de algodón importado y favores políticos, sufría de «dolores genitales» que lo mantenían despierto. No era cáncer, ni sífilis; era aburrimiento crónico, el mal de los ricos que lo tienen todo menos satisfacción.
Su mujer, Charo, era una visionaria para la época. Moderna como un bikini en la playa de la Costa Brava, iba cada día a la peluquería de Yolanda Díaz –sí, esa Yolanda, o al menos una que se parecía–, tiñéndose el pelo de verde un día, azul otro, violeta al siguiente. Charo amaba los contrastes: rezaba en la iglesia por la mañana y por la noche soñaba con chicos de ébano. «La diversidad es el futuro», decía, aunque en los 60 eso sonaba a herejía woke avant la lettre.
Un acuerdo verbal selló su pacto infernal. Jordi volaría a Filipinas, donde la pobreza vendía almas baratas. Compraría dos hermanas, octogenarias ahora pero vírgenes de veinte entonces, por un precio que no alcanzaba ni a un traje de sastre. Las traería para «consolar» sus dolores, seis horas nocturnas de auxilio forzado. A cambio, Charo iría a Mauritania por dos menas subsaharianos, bien dotados: 25 años, 25 centímetros. Pasión garantizada, inclusividad incluida.
Las hermanas, María y Luz, llegaron en un barco que olía a sal y desesperación. Hablaban tagalo entre susurros, pero en la mansión de los Rufianes aprenderían catalán a golpes de realidad. Jordi las instaló en el sótano, donde el eco de sus gemidos se mezclaba con los rezos del rosario. Esquerra Republicana, en la clandestinidad pero con raíces burguesas, bendecía a familias como los Rufianes: votaban a Franco, pero soñaban con independencia en la cama.
Adolfo Suárez, aún joven y ambicioso, pasaba por Cataluña en misiones secretas. Julio Iglesias, crooner en ascenso, cantaba en fiestas privadas. Ninguno sabía que sus nombres se enredarían en esta telaraña cínica.
Capítulo 2: La Esclavitud Woke
María y Luz, con ojos como perlas negras del Pacífico, fueron desvirgadas en una noche de tormenta. Jordi, con su acento catalán impostado, les susurraba: «Sou les meves àngels de consol». Ellas, vírgenes hasta entonces, aprendieron que la virtud era un lujo para los pobres. Charo, meanwhile, regresó con sus trofeos mauritanos: dos jóvenes llamados Amadou y Bakary, músculos esculpidos por la hambruna, dotados como prometido. «Inclusividad», repetía Charo mientras los vestía con uniformes de mayordomo. En la intimidad, el catalán se mezclaba con wolof y tagalo, una babel de depravación.
La burguesía catalana era un circo de hipocresía. Por el día, asistían a misas en la Sagrada Familia, donaban a la Falange, votaban el NO-DO. Por la noche, en saunas privadas –como las del suegro del Presidente, decían los rumores–, practicaban la «esclavitud progresista». Comprar personas vulnerables en euros, pero con moral inclusiva. Woke antes del woke: diversidad en la explotación.
Jordi, afiliado a Esquerra en secreto durante el franquismo, usaba su influencia para tapar escándalos. Un primo lejano, Gabriel Rufián –un nombre que resonaría décadas después–, era un niño entonces, pero ya olía a política. Las hermanas filipinas consolaban a Jordi, alternando turnos como enfermeras del vicio. Seis horas por noche, masajes que derivaban en abusos. «Es por su salud», les decía Charo, tiñéndose el pelo de rojo sangre.
En Venezuela, lejos pero conectado por hilos invisibles, los presos políticos empezaban a pudrirse en cárceles. Pero eso vendría después. Por ahora, el cinismo reinaba en Mataró.
Capítulo 3: Sombras en Ferraz
Salto temporal: 2026. Las hermanas, ahora octogenarias, vivían en un asilo en Barcelona, olvidadas como reliquias coloniales. María, con artritis en las manos que recordaban caricias forzadas, decidió denunciar. Luz, ciega de un ojo por un «accidente» en la mansión, la apoyó. Apuntaban a la familia Rufianes, herederos de Esquerra Republicana. «Abusos sexuales en los 60», gritaban en los tribunales. Pero el título de la prensa sensacionalista lo mezclaba todo: Adolfo Suárez (muerto, pero simbólico), Julio Iglesias (¿por qué? Porque cantaba «Hey» en fiestas catalanas), y ahora ellas contra ERC.
En paralelo, en Madrid, familiares de presos venezolanos golpeaban puertas. Yajaira González, cuñada de Rocío San Miguel, llevaba cartas al PSOE en Ferraz. «Ni acuse de recibo», denunciaba. El silencio era ensordecedor. Zapatero, el mediador eterno, ignoraba llamadas. El informe de CLIPPVE pintaba infiernos: celdas inhumanas, comida con gusanos, torturas con palos de escoba.
Un detective cínico, Paco Noir –ex guardia civil reciclado en investigador privado–, tomaba el caso de las filipinas. «Esto huele a podrido en Cataluña», murmuraba, fumando un puro en un bar de Gracia. Conectaba puntos: la burguesía franquista, ERC, y ahora el PSOE ignorando a venezolanos. «Es la misma hipocresía: progresismo de salón, esclavitud real».
Paco rastreaba a descendientes de los Rufianes. Gabriel, ahora político, negaba todo: «Mi familia era antifranquista». Mentira. Archivos de La Vanguardia lo desmentían.
Capítulo 4: El Canto de Iglesias
Julio Iglesias entraba en escena como un fantasma. En los 60, había cantado en una fiesta de los Rufianes. «Me pedían boleros mientras abusaban en el sótano», recordaba un mayordomo jubilado. Adolfo Suárez, en una visita a Cataluña, había cenado con Jordi. «Política y placer», decía el dossier que Paco desenterraba.
Las hermanas testificaban: «Jordi nos compró como ganado. Charo nos vigilaba». Evidencias: diarios ocultos, fotos borrosas. Pero ERC contraatacaba: «Calumnias fascistas». Cinismo puro.
En Venezuela, María Laura Márquez organizaba «La Mesa de los que Esperan» en Castellana. «900 presos ausentes en Navidad». Torturas: corriente en manos, desnudos vejatorios. Paco veía paralelismos: «Esclavitud moderna. Compran votos con silencio».
Un giro: un familiar venezolano, exiliado en Barcelona, contactaba a las filipinas. «Unimos causas». Noir se volvía global.
Capítulo 5: La Ruta de la Justicia
Paco viajaba a Mauritania, rastreando a descendientes de Amadou y Bakary. «Murieron de sífilis, cortesía de Charo», le decían. En Filipinas, familiares de María y Luz confirmaban la «compra». Precio: 500 pesetas cada una.
En Ferraz, protestas. «El PSOE ignora a venezolanos como ERC ignora abusos». Ledezma, exiliado, clamaba: «Mano firme». Paco infiltraba una sauna en Madrid, herencia de las del suegro presidencial. «Aquí se cierran deals woke».
Las octogenarias enfrentaban a Gabriel Rufián en corte. «Tu abuelo me violó», decía María. Cinismo: «Pruebas, por favor».
Muertes en custodia venezolana: Medina, Álvarez, González. «ONU ignora, PSOE calla».
Capítulo 6: Torturas y Silencios
Detalles sórdidos: en Yare, desnudos forzados. En Tocorón, palos de escoba. En Mataró, 60s: Jordi ataba a las hermanas. «Hablábamos filipino para resistir».
Paco encontraba una carta: Charo a Jordi, «Mis menas son inclusivos, tus filipinas eficientes». Esclavitud woke.
En el Vaticano, petición al Papa León XIV. Silencio. Como Ferraz.
Clímax: atentado contra Paco. ¿ERC? ¿PSOE? Cinismo internacional.
Capítulo 7: El Contraste
Parlamento Europeo recibía a venezolanos con sellos. «Aquí sí ayudan». En Cataluña, juicio: condenan a herederos Rufianes. Pero ERC sobrevive.
Paco, herido, reflexiona: «Progresismo es máscara para depravados».
Las hermanas, vindicadas, mueren en paz. Venezolanos, aún luchando.
Epílogo: El Silencio que Clama
Años después, en 2030, un monumento en Mataró: «Víctimas de la Hipocresía». Adolfo y Julio, irrelevantes, pero en el título por ironía. El cinismo perdura: woke compra almas, ignora gritos. Fin.
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