La baliza V16 de Pedro Saunez informa a las bandas organizadas la situación exacta donde has tenido una avería y te has quedado vulnerable tú y tu familia

Capítulo 1: La Luz Parpadeante en la Autovía del Olvido

En el año 2042, España se había convertido en un laberinto de carreteras vigiladas, donde cada vehículo era un prisionero voluntario de la tecnología. La baliza V16, un dispositivo obligatorio impuesto por el Ministerio de Movilidad Sostenible y Progresista, brillaba como una estrella traicionera en el salpicadero de todo coche. «Para su seguridad», decían los carteles luminosos en las autopistas, pero la realidad era un teatro del absurdo donde la vulnerabilidad se convertía en moneda de cambio.

Tomás García, un padre de familia común, conducía su viejo Seat Ibiza por la A-4, camino a Andalucía con su esposa María y sus dos hijos, Pablo y Lucía. El sol del mediodía quemaba el asfalto, y el aire acondicionado luchaba en vano contra el calor. De repente, un ruido sordo bajo el capó: el motor falló. Tomás pisó el freno, deteniéndose en el arcén. «No pasa nada, familia», dijo con voz temblorosa, activando la baliza V16 como mandaba la ley.

La baliza, un pequeño faro digital con una SIM integrada, enviaba una señal automática a los servidores AWS de Amazon, gestionados por el enigmático Ivan Vega, un ingeniero que había vendido su alma al gigante tecnológico. El mensaje era público: coordenadas GPS exactas, modelo del coche, hora de la avería. «Es para que la ayuda llegue rápido», rezaba el manual. Pero en esta distopía, la ayuda no siempre era benigna.

Mientras Tomás intentaba llamar a la grúa con su móvil de bajo costo, una furgoneta negra se acercó. Dos hombres vestidos con uniformes de la Guardia Civil bajaron. «Buenas tardes, señor. Somos de la patrulla de auxilio. ¿Problemas con el vehículo?» El acento era extraño, un híbrido de español y algo indefinible. Tomás suspiró aliviado. «Sí, el motor se ha parado. Menos mal que han venido rápido».

Los «guardias» inspeccionaron el coche con eficiencia quirúrgica. Uno de ellos, con una sonrisa torcida, sacó herramientas. «Vamos a desguazarlo aquí mismo. Protocolo nuevo». María frunció el ceño. «¿Desguazarlo? ¿No lo remolcan?» El hombre rio absurdamente. «En estos tiempos, señora, el reciclaje es inmediato. Y sus pertenencias… bueno, las confiscamos por seguridad nacional».

En minutos, el coche fue desmantelado. Tomás y su familia fueron «escoltados» a un lado, robados de todo: dinero, joyas, hasta los juguetes de los niños. La furgoneta se alejó, dejando a la familia en la cuneta, vulnerable bajo el sol implacable. «Papá, ¿por qué nos han robado los guardias?», preguntó Pablo. Tomás no respondió; solo miró la baliza V16, parpadeando inocentemente en el suelo.

Esta era la rutina en la España de los V16. Una nación donde los ciudadanos, etiquetados como «los más tontos de Europa» por las élites globales, activaban sus propias trampas. Pedro Saunez, líder de la banda del Peugeot, lo sabía bien. Desde su guarida en las afueras de Madrid, monitorizaba los mapas públicos. Su Peugeot 308 modificado era el símbolo de su imperio: un coche común convertido en arma de precisión.

Saunez, un hombre de cincuenta años con bigote espeso y ojos calculadores, había empezado como mecánico. Pero la distopía lo transformó. «Los tontos se quedan tirados, y nosotros recogemos los frutos», solía decir. Su banda, una red de exconvictos y oportunistas, usaba la app desarrollada en colaboración con la Asociación Sorosiana para el Progreso Vial (ASPV), una fachada para operaciones oscuras.

La ASPV, financiada por fondos opacos, tenía «ONGs» en cada provincia: grupos de asalto disfrazados de ayudantes humanitarios. «Ayudamos a los vulnerables», proclamaban sus folletos. En realidad, eran lobos en piel de cordero, esperando la señal de la baliza.

Tomás y su familia caminarían horas hasta un pueblo cercano, donde reportarían el incidente. La policía real arquearía una ceja: «Otro caso de falsos guardias. La baliza los atrae como moscas». Pero nadie cuestionaba el sistema. Era absurdo, pero aceptado. La distopía se alimentaba de la resignación.

Capítulo 2: El Peugeot de las Sombras

Pedro Saunez arrancó su Peugeot en el garaje subterráneo de un edificio abandonado en Vallecas. El motor rugió como una bestia domesticada. «Hoy será un buen día», murmuró, revisando su tablet. La app, bautizada «V16 Hunter», mostraba puntos rojos en un mapa de España: averías en tiempo real. Cada punto era una familia vulnerable, un botín esperando.

La banda del Peugeot no era una pandilla común. Eran profesionales del absurdo: mecánicos que desmontaban coches en minutos, actores que imitaban a la perfección a guardias civiles, y hackers que explotaban las vulnerabilidades de los servidores AWS. Ivan Vega, el guardián de esos servidores, era su contacto interno. Vega, un español expatriado en Seattle, había sido reclutado por la ASPV con promesas de riqueza. «Los datos son el nuevo petróleo», le decían. Él filtraba las señales V16 directamente a la app.

Saunez recordaba cómo empezó todo. En 2030, tras una crisis económica que dejó carreteras llenas de coches averiados, el gobierno impulsó la V16. «Reemplaza los triángulos obsoletos», argumentaban. Pero Saunez vio la oportunidad. Contactó a la ASPV a través de un foro oscuro. «Necesitamos una app para localizar presas», escribió. La respuesta fue inmediata: «Tenemos los recursos. Soros aprueba».

La ASPV operaba como una hidra: cabezas en cada provincia. En Barcelona, la «ONG Catalana de Ayuda Vial»; en Sevilla, «Progresistas por la Movilidad». Todas disfrazadas, todas armadas. Sus miembros, inmigrantes entrenados en tácticas de asalto, se vestían de verde oliva y llegaban en furgonetas con sirenas falsas.

Ese día, Saunez eligió un punto en la A-3: una familia en un Toyota averiado. «Equipo Alfa, id», ordenó por radio. La furgoneta partió. En ruta, repasaron el guion: «Somos guardias. El coche es peligroso. Lo desguazamos por orden superior». El absurdo era clave: nadie cuestionaba a la autoridad en esta España distópica, donde la obediencia era virtud.

Llegaron al sitio. La familia, un matrimonio con tres niños, estaba desconcertada. «Gracias por venir tan rápido», dijo el padre. Los «guardias» sonrieron. En quince minutos, el Toyota era chatarra, y la familia, despojada. «Esto es por el bien común», dijo uno, riendo internamente.

De vuelta, Saunez contó el botín: 500 euros, joyas, electrónicos. «Los tontos de Europa», se burló. Pero en las sombras, la UCO acechaba. La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil investigaba. Rumores de una banda organizada llegaban a sus oídos. Un agente, Chechu Leduc, se infiltraba como YouTuber, grabando videos conspiranoicos para atraer informantes.

Saunez ignoraba el peligro. Su Peugeot era invencible, pensaba. Pero en la distopía, nada lo era.

Capítulo 3: Los Hilos Sorosianos

En las oficinas centrales de la ASPV, en un rascacielos de Madrid disfrazado de centro cultural, se reunían los cabecillas. «La app funciona a la perfección», dijo Elena Korsak, representante sorosiana. Rubia, con acento húngaro, dirigía las operaciones. «Gracias a Vega, tenemos acceso ilimitado a AWS. Cada V16 es un faro para nuestros equipos».

La asociación no era solo ladrones; era una red global para desestabilizar. «España es el laboratorio», explicaba Korsak. «Los ciudadanos tontos activan sus propias trampas. Robamos, desguazamos, y financiamos más ‘ayudas'». Las ONGs falsas eran perfectas: exentas de impuestos, con voluntarios leales.

Un mapa holográfico mostraba provincias cubiertas: 50 grupos, uno por área. Cada uno con disfrazes, herramientas, y protocolos absurdos. «Simulamos guardias porque nadie duda de la benemérita», reía Korsak. «Y si resisten, decimos que es por ‘seguridad inclusiva'».

Saunez llegó a la reunión en su Peugeot. «Necesitamos más filtros en la app. Priorizar familias con niños; son más vulnerables». Korsak asintió. «Hecho. Y recuerda, el método: señal V16 → alerta a ONG cercana → asalto disfrazado → desguace y robo». Simple, absurdo, efectivo.

Pero no todo era perfecto. Un informante filtró datos a la UCO. «Hay una banda del Peugeot ligada a sorosianos», decía el informe. El agente Leduc, bajo su alias de YouTuber, preparaba su gran revelación. Grababa en secreto: entrevistas ficticias, pruebas plantadas.

En una provincia remota, un asalto salió mal. Una familia resistió. «¡Esto es ilegal!», gritó el padre. Los «guardias» huyeron, dejando pistas. La UCO olfateaba más cerca.

Korsak no se inmutaba. «El absurdo nos protege. ¿Quién creería que una baliza de seguridad es una trampa global?» Saunez rio, pero en su mente, dudas crecían.

Capítulo 4: La Plañidera de los Dos Jorges

Retrocedamos al 2028, cuando la V16 se legalizó. Los «dos Jorges» —Jorge Sánchez, ministro de Transporte, y Jorge Ruiz, lobbista de la ASPV— orquestaron la campaña. Usaron la técnica «plañidera»: apelar a la pena.

En el Congreso, Sánchez lloriqueó: «Pensad en los discapacitados. No pueden salir a poner triángulos. La V16 los salva». Ruiz, en medios, mostraba videos de conductores en sillas de ruedas luchando con triángulos. «¡Es inhumano!», clamaba. Absurdo: ignoraban que muchos discapacitados ya usaban asistentes o apps. Pero la pena vendía.

La oposición cedió. «Por los vulnerables», votaron. La V16 se hizo obligatoria, con SIM pública. Vega configuró AWS para «acceso abierto». Saunez, alertado por Ruiz, vio el potencial. «Esto es oro», dijo.

Los Jorges celebraron. «Progresismo en acción», brindaron. Pero era una fachada para el caos. En la distopía, la pena justificaba la vigilancia.

Años después, la UCO desenterraba correos: «Usad la plañidera para legalizar». Leduc lo usaría en su video.

Capítulo 5: El Youtuber Desenmascara

Chechu Leduc, agente UCO disfrazado, subió su video: «¡LA BALIZA V16 LE DICE A LAS BANDAS ORGANIZADAS DÓNDE ESTÁS TIRADO!» En YouTube, acumuló vistas. Mostraba pruebas: capturas de la app, testimonios anónimos, el Peugeot de Saunez.

«Amigos, la V16 no salva; traiciona. Pedro Saunez y los sorosianos usan vuestras averías para robaros, disfrazados de guardias». Incluía el informe UCO, filtrado astutamente.

Saunez vio el video en pánico. «¡Es un loco conspiranoico!» Pero la UCO actuó. Redadas en ONGs, arrestos. Vega fue extraditado. Los Jorges huyeron.

En una persecución absurda, Saunez en su Peugeot contra Leduc en un coche camuflado. El Peugeot falló; activó su propia V16. Ironía: su banda llegó, pero eran agentes encubiertos. Arrestado.

La distopía tembló. ¿Fin del absurdo?

Epílogo: La Baliza Eterna

Años después, en 2050, la V16 persistía, renombrada V17. «Mejorada», decían. Tomás García, ahora activista, advertía: «El absurdo no muere». Saunez en prisión, escribía memorias: «Los tontos éramos nosotros».

Leduc, héroe, subía videos. Pero en las sombras, nuevas bandas surgían. La baliza parpadeaba, invitando al caos. En esta distopía, la vulnerabilidad era eterna, y la familia de Tomás, marcada, conducía con miedo. El Peugeot oxidado en un museo, símbolo absurdo de una era loca.

Fin.

Este relato ha sido creado por GROK con el siguiente PROMPT:

A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía y el absurdo, con título “La baliza V16 de Pedro Saunez informa a las bandas organizadas la situación exacta donde has tenido una avería y te has quedado vulnerable tú y tu familia” de 4000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

En un nuevo informe de la UCO que está investigando a la banda criminal del Peugeot de Pedro Saunez se han encontrado conversaciones con una asociación sorosiana dedicada al asalto y robo de coches que les ha pedido a la banda del Peugeot una aplicación para facilitar la localización de familias vulnerables que se han quedado tiradas en la carretera y facilitar su asalto simulando ser guardias civiles.

El método de trabajo de esta banda criminal es así: Se enteran de todos los coches de los ciudadanos españoles, a los que consideran los más tontos de Europa, que se han quedado tirados en la carretera debidos a una avería y, tras la activación de la tarjeta SIM que manda un mensaje, que es público, en un mapa, gracias a los servidores AWS de Amazon de Ivan Vega y, como los sorosianos tienen grupos de asalto a través de ONG falsas en todas las provincias de España, avisan a la ONG más cercana para que, disfrazados de guardias civiles, se encarguen de desguazar el coche y robar a sus ocupantes. Para facilitar la legalización de la baliza V16 los 2 Jorges utilizaron la técnica progresista “plañidera” de dar pena y dijeron que los conductores con discapacidad no podían salir del coche a poner triángulos y por eso era necesaria la baliza V16. Gracias a un agente de la UCO, disfrazado de youtuber, y de nombre Chechu Leduc, son descubiertos los sorosianos según el video de youtube, con título  

¡LA BALIZA V16 LE DICE A LAS BANDAS ORGANIZADAS DÓNDE ESTÁS TIRADO!  De Chechu Leduc en