Título: Contrato de trabajo para chupar el pito 4 horas seguidas para poderse dormir
Capítulo 1: La Oferta del Cantante Eterno
En las sombras húmedas de Punta Cana, donde el mar Caribe lamía las playas como un amante infiel, Julio Iglesias reinaba en su mansión de mármol blanco y secretos oscuros. El cantante, con sus 82 años a cuestas como un traje arrugado de terciopelo, no podía dormir. No era el insomnio común de los mortales; era un maleficio absurdo, un capricho del destino que lo obligaba a buscar remedios tan extravagantes como sus baladas románticas.
Yo era Marisol Vargas, asistente social dominicana, con un título de la Universidad Autónoma de Santo Domingo que valía menos que un billete de lotería raspado. Trabajaba en una ONG ayudando a mujeres maltratadas, pero el sueldo era una broma cruel. Un día, recibí una llamada anónima. «Señorita Vargas, el señor Iglesias necesita sus servicios. Es un contrato único. Cuatro horas al día, nada más. Para ayudarlo a conciliar el sueño.»
Pensé que era una estafa, pero el cheque de adelanto que llegó por mensajero era real: 10,000 dólares. Absurdo, sí, pero en un país donde el absurdo era el pan de cada día, acepté. La mansión era un laberinto de habitaciones con espejos que reflejaban fantasmas del pasado. Julio me recibió en su sala de estar, envuelto en una bata de seda, con una sonrisa que había seducido a millones pero ahora parecía una mueca de payaso triste.
«El contrato es simple», dijo, su voz ronca como un vinilo rayado. «Cuatro horas seguidas. Mi pito necesita atención constante para que yo pueda dormir. Es médico, ¿sabe? Insomnio crónico.» Sacó un documento legal, redactado por abogados invisibles, con cláusulas que hablaban de confidencialidad y «servicios orales terapéuticos». Firmé, pensando en las facturas pendientes y en mi madre enferma en Santiago de los Caballeros.
Esa noche, en la habitación principal, con vistas al océano que rugía como un público enfurecido, comencé el ritual. Cuatro horas. El reloj tic-tacaba como un metrónomo del infierno. Julio se recostaba en su cama king-size, ojos cerrados, murmurando letras de «Hey» mientras yo cumplía el contrato. Absurdo, negro como la noche. Pero pagaba bien.
Al amanecer, Julio dormía como un bebé. Yo, exhausta, salí al balcón. El sol salía, indiferente. No sabía que esto era solo el principio de una pesadilla envuelta en lujo.
Capítulo 2: Sombras en el Paraíso
La mansión en las Bahamas era aún más opulenta, un castillo flotante en una isla privada donde los yates atracaban como mascotas leales. Julio me había trasladado allí después de una semana en Punta Cana. «Necesito variedad», dijo, como si yo fuera un menú de room service. El contrato se extendía: ahora incluía «sesiones adicionales si el insomnio persiste». Absurdo escalaba a lo grotesco.
Conocí a la otra empleada, una fisioterapeuta llamada Elena, también dominicana, con ojos que escondían tormentas. «Cuidado con él», me susurró una noche mientras masajeaba los hombros del cantante. «No es solo el pito. Es el control.» Julio nos vigilaba con cámaras ocultas, revisaba nuestros teléfonos como un detective paranoico. «Para seguridad», decía. Pero era poder puro, negro como el café sin azúcar.
Una noche, después de las cuatro horas rituales, Julio no se durmió. «Necesito más», gruñó. Me obligó a continuar, su mano en mi cabeza como una garra. Lloré en silencio, pensando en el absurdo de todo: un ídolo de la música reducido a esto, y yo, una asistente social, convertida en esclava sexual disfrazada de terapeuta. Elena me encontró después, me dio un té calmante. «Tenemos que unirnos», dijo. «Esto no es un contrato; es una trampa.»
Investigué en secreto. Descubrí rumores: otras mujeres, otros contratos absurdos. Julio había sido acusado antes, pero el dinero silenciaba todo. En las sombras de la mansión, planeamos. Pero el absurdo golpeó: un huracán se acercaba, literal y metafórico. Julio nos encerró, «por seguridad». Esa noche, el ritual se volvió violento. Me empujó contra la pared, exigiendo más que el contrato. Grité, pero el viento ahogaba todo.
Elena intervino, pero Julio la abofeteó. «¡Fuera!», rugió. Huimos a la playa, bajo la lluvia torrencial. El mar nos lamía los pies, prometiendo escape. Pero el contrato nos ataba como cadenas invisibles.
Capítulo 3: El Detective del Absurdo
Entré en escena yo, el detective privado Ramón «El Cuervo» López, un ex-policía de Santo Domingo con un sombrero fedora raído y un cinismo que podía cortar vidrio. Me contrató un abogado anónimo: «Investigue a Iglesias. Hay algo podrido en sus paraísos.» Noir puro, con toques absurdos: mi oficina era un tugurio con un loro que repetía «culpable, culpable».
Llegué a las Bahamas disfrazado de jardinero. La mansión era un fortín, guardias armados y perros que ladraban óperas. Infiltré, espiando por ventanas empañadas. Vi a Marisol y Elena, fantasmas en batas blancas, atendiendo al viejo crooner. Julio, en su trono, dictaba contratos absurdos: «Cuatro horas, o multa de un millón». ¿Chupar el pito para dormir? Era el colmo del absurdo negro.
Una noche, me colé en los jardines. Escuché gemidos, no de placer sino de dolor. Marisol salía tambaleante, moretones en los brazos. La intercepté. «Ayúdame», suplicó. Me contó todo: el contrato, las agresiones, el insomnio fingido como excusa para abuso. Elena confirmó: «Nos trata como esclavas. Human trafficking disfrazado de empleo.»
Recopilé evidencia: fotos, grabaciones. Pero Julio olía a rata. Me capturaron sus matones, me ataron en el sótano. «Eres un entrometido», dijo Julio, apareciendo como un villano de cómic. «Mi pito es sagrado. Necesita terapia.» Rió, absurdo. Me torturaron con sus canciones en loop. Escapé rompiendo una tubería, inundando el lugar. Huí con las mujeres, pero el absurdo persistía: un yate nos perseguía, disparando fuegos artificiales en vez de balas.
En Santo Domingo, presenté el caso a la policía. Pero el dinero de Julio compraba silencio. El noir se teñía de absurdo: el juez era fan del cantante, tarareaba «La Vida Sigue Igual» mientras desestimaba pruebas.
Capítulo 4: La Noche de las Cuatro Horas Eternas
De vuelta en Punta Cana, el ciclo se repetía, pero ahora con venganza. Julio, furioso por la fuga, nos recapturó con abogados y sobornos. «El contrato es inquebrantable», declaró. Nos obligó a una «sesión maratoniana»: cuatro horas multiplicadas por el absurdo, en una habitación con espejos que multiplicaban el horror.
Marisol narraba en su mente: «El pito de Julio era como un ídolo caído, exigiendo adoración eterna.» Elena y yo nos turnábamos, exhaustas, mientras él bebía ron y contaba anécdotas de conquistas pasadas. «¡Soy el rey del romance!», gritaba, pero era un tirano. Intentamos resistir: Elena fingió un desmayo, yo escupí veneno verbal. Pero nos golpeó, negro como la medianoche.
El detective López reapareció, disfrazado de mayordomo. «Tengo un plan», susurró. Inyectó somnífero en el ron de Julio. El cantante cayó, pero no antes de activar una alarma absurda: sirenas que tocaban «To All the Girls I’ve Loved Before». Guardias invadieron, caos ensued. Peleamos en la oscuridad, puños y absurdos: un guardia resbaló en aceite de masaje, otro se enredó en cortinas.
Escapamos en un helicóptero robado, volando sobre el Caribe. Abajo, la mansión ardía, accidentalmente. Julio despertaba, gritando al vacío. Pero el contrato flotaba en el aire, un fantasma legal.
En España, los medios estallaron: «Iglesias acusado de agresión sexual». Basado en nuestras denuncias, pero twisted por el absurdo. Periodistas nos perseguían, convirtiéndonos en celebridades involuntarias.
Capítulo 5: El Juicio del Absurdo
El tribunal en Madrid era un circo negro. Julio Iglesias, en traje impecable, negaba todo: «Era terapia consensual. Mi insomnio es real.» Sus abogados presentaban expertos absurdos: un somnólogo que juraba que la felación prolongada inducía sueño delta. La jueza, una mujer dura como el granito, escuchaba con escepticismo.
Marisol testificaba: «Me contrató como asistente social, pero era para chupar su pito cuatro horas. Agresión disfrazada.» Elena añadía: «Human trafficking, forced labor.» El detective López mostraba evidencias: videos granulados, contratos ridículos.
Pero el absurdo triunfaba: fans de Julio llenaban la sala, cantando en coro. Un testigo sorpresa: un loro que repetía «contrato, contrato». La defensa alegaba «arte performativo». Noir se mezclaba con lo surreal: durante el receso, Julio intentaba seducir a la jueza con una serenata.
El veredicto pendía. Pruebas montaban, pero el dinero inclinaba la balanza. En una twist absurda, un huracán virtual –un hackeo– borró archivos digitales. Todo colgaba de testimonios orales, irónico dada la naturaleza del crimen.
Al final, guilty en cargos menores: harassment, no assault. Julio pagaba multa, seguía cantando. Nosotras, libres pero marcadas. El detective se retiraba, yo volvía a la ONG, Elena a terapia real.
Epílogo: El Sueño Eterno
Años después, en una playa olvidada de República Dominicana, Marisol reflexionaba. Julio Iglesias, muerto en su mansión, víctima de insomnio final. Su testamento absurdo: legaba fortunas a «terapeutas orales». Yo rechazaba, viviendo simple.
El detective López me visitaba: «El noir nunca acaba.» Reíamos del absurdo. El mar susurraba secretos, y el contrato se disolvía en arena. Pero en noches de insomnio, recordaba las cuatro horas, preguntándome si el sueño valía el precio.
Fin.
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