El Comité de Bromas de Villamanin

Capítulo 1: La Tradición de la Risa Obligatoria

En el pueblo de Villamanín, enclavado en las montañas de León como un diente flojo en una mandíbula oxidada, la vida se regía por decretos invisibles que nadie recordaba haber votado. Era una distopía sutil, donde el sol se ponía a las órdenes del reloj municipal y las nubes pagaban impuestos por llover sin permiso. Pero lo más peculiar era el Comité de Bromas, una institución ancestral que se remontaba a la época en que los romanos construyeron acueductos solo para derramar agua sobre los peatones desprevenidos.

El Comité, formado por cinco miembros vitalicios —elegidos por sorteo entre los que sabían imitar el graznido de un cuervo—, se encargaba de mantener el «espíritu jocoso» del pueblo. Cada año, vendían participaciones de la lotería de Navidad para financiarse unas fiestas opulentas. No era solo un negocio; era una obligación cívica. «¡Compra o ríete solo!», rezaba el lema pintado en la fachada del ayuntamiento, que en realidad era una antigua cuadra reconvertida en sala de reuniones.

Este año, el presidente del Comité, Don Eusebio «El Risitas» Fernández, un hombre con bigote en forma de sonrisa perpetua, reunió a sus compañeros en la sede secreta: el sótano de la panadería, donde el olor a harina disimulaba el tufo a conspiración. Los otros eran: Doña Paca «La Tramposa» López, experta en cartas marcadas; el joven Tito «El Ingenioso» García, inventor de trampas para ratones que atrapaban humanos; la viuda Remedios «La Llorona» Sánchez, que fingía lágrimas para conseguir descuentos; y el misterioso Señor X, cuyo nombre real nadie conocía porque siempre respondía con chistes malos.

«Compañeros», proclamó Eusebio, alzando un décimo de lotería como si fuera la espada de Excalibur, «este año nuestra broma será legendaria. Vendamos participaciones prometiendo que el premio se repartirá en risas y abrazos. ¡Pero el dinero será para nuestras navidades!»

Los demás asintieron, riendo con esa risa forzada que en Villamanín era moneda de cambio. Vendieron miles de participaciones, convenciendo a los aldeanos con promesas absurdas: «Si toca, convertiremos el río en una piscina de chocolate». Los villagers, agotados por la rutina distópica de trabajar en minas cerradas y cultivar patatas mutantes, compraron ilusionados. Nadie sospechaba que el Comité ya planeaba la gran estafa anual.

Pero entonces, el 22 de diciembre, el sorteo navideño resonó en la radio oxidada del pueblo. El número del Comité —el 66666, elegido por su ironía demoníaca— ganó el primer premio. Cuatrocientos mil euros por décimo. El Comité, que había comprado uno entero para sí, se miró en silencio. «Esto cambia todo», murmuró Tito. «Podemos hacer la broma definitiva».

Capítulo 2: La Inflación de las Ilusiones

La noticia del premio se extendió como un virus en una mascarilla rota. Los aldeanos, con sus participaciones en mano, irrumpieron en la plaza gritando «¡Somos ricos!». Pero el Comité, reunido en emergencia, vio la oportunidad de oro. «Inflaremos el número de papeletas», propuso Doña Paca, sacando un ábaco falsificado. «Diremos que vendimos el triple de lo real. Así, cada uno se lleva migajas, y nosotros huimos con el botín».

Era absurdo, pero en Villamanín, la lógica era un lujo importado. Votaron: cuatro a favor, uno en contra (Señor X, que prefería una broma con payasos explosivos). Decidieron el destino: la República Dominicana de JB. Nadie sabía qué significaba «de JB», pero Eusebio insistía en que era «la tierra prometida de José Bono», un político español que, en su delirio distópico, imaginaban como un dios caribeño con acento manchego. «Allí las playas son de arena fina y los cocos votan en elecciones libres», fantaseaba Remedios.

Para ejecutar el plan, necesitaban aliados. Contrataron a unas jóvenes plañideras, expertas en llantos falsos, importadas de Andalucía por correo certificado. «Llorad como si hubiéramos perdido el premio en un incendio», les ordenaron. Las plañideras, con velos negros y maquillaje corrido, se apostaron en la plaza, gimiendo: «¡Ay, el dinero voló como un pájaro sin alas!».

Luego, contactaron a la Asociación de Amigos de los Sorosianos, conocida como «Los Relámpagos Sorosianos Gallegos». Esta secta absurda veneraba a George Soros como un dios del caos financiero, y sus miembros, todos gallegos con paraguas eternos, creían que los relámpagos eran mensajes codificados de conspiraciones globales. «Mostrad empatía a los aldeanos», les dijo el Comité, ofreciendo un 10% del botín. «Decid que Soros os envía para consolarlos».

Los Relámpagos llegaron en un autobús pintado de rayos, repartiendo folletos sobre «la gran trama europea». «¡Solidaridad sorosiana!», gritaban, abrazando a los confundidos villagers. «El premio es una ilusión capitalista; llorad con nosotros». Los aldeanos, aturdidos, empezaron a dudar de su propia suerte.

Mientras tanto, el Comité falsificaba documentos en el sótano. Tito inventó una máquina que imprimía papeletas retroactivas, con tinta que olía a remordimiento. «Con esto, diremos que vendimos 10.000 en lugar de 1.000», explicó. El plan avanzaba, pero un rumor se filtraba: la señora Von del Brujer de Bruselas oía ecos del escándalo.

Capítulo 3: La Gran Empatía Fingida

La distopía de Villamanín se intensificaba. El cielo, gris como un decreto gubernamental, descargaba lluvia ácida que disolvía las esperanzas. Los aldeanos, reunidos en asamblea, exigían su parte del premio. «¡Repartidlo ya!», clamaban, blandiendo horquillas oxidadas.

El Comité salió al balcón del ayuntamiento, flanqueado por las plañideras y los Relámpagos. Eusebio, con voz temblorosa (ensayada), anunció: «Queridos conciudadanos, una tragedia ha ocurrido. Vendimos tantas participaciones que el premio se diluye como azúcar en el café. Cada uno recibirá… ¡50 euros!».

Los llantos de las plañideras ahogaron los gritos de ira. «¡Ay, qué desgracia!», sollozaban, tirándose al suelo en charcos ficticios. Los Relámpagos, con sus paraguas como escudos, repartían pañuelos impresos con el rostro de Soros. «Empatía gallega, amigos. El sistema os ha traicionado, pero nosotros estamos aquí. ¡Relámpagos de solidaridad!».

Un aldeano, el viejo Manolo, protestó: «¡Esto es una broma!». Tito sonrió: «Exacto, es la broma del año. ¡Feliz Navidad!». La multitud, condicionada por años de absurdos, empezó a reír nerviosamente. Era la distopía en acción: la risa como opio del pueblo.

En secreto, el Comité transfería fondos a cuentas offshore en la República Dominicana de JB. Remedios, fingiendo viudez por enésima vez, lloraba en el banco para distraer al cajero. «Mi marido era el premio gordo», gemía. Señor X, disfrazado de coco caribeño, compraba billetes de avión.

Pero las plañideras exigían más pago: «Llorar tanto nos da arrugas». Y los Relámpagos, en un arrebato sorosiano, declararon: «Necesitamos fondos para nuestra próxima tormenta conspirativa». El Comité cedió, reduciendo su botín, pero el plan seguía en pie.

Lejos, en Bruselas, la señora Von del Brujer, una figura etérea con traje de eurocrata, olfateaba la irregularidad. «Esto huele a subsidio malversado», murmuró a sus asesores, que eran clones de burócratas belgas.

Capítulo 4: La Huida Tropical

La noche antes de la fuga, Villamanín dormía bajo una luna que parecía un queso suizo agujereado por deudas. El Comité se reunió por última vez. «Mañana, al amanecer, volamos a JB», dijo Eusebio, repartiendo pasaportes falsos con fotos de piñas sonrientes.

Las plañideras, pagadas, intensificaron su show: organizaron un velorio colectivo por «el premio perdido». Los aldeanos, hipnotizados, trajeron velas y cantaron lamentos. Los Relámpagos, con linternas en forma de rayos, proyectaban sombras de conspiraciones en las paredes: «Soros os vigila».

Al alba, el Comité escapó en un tractor disfrazado de limusina. Llegaron al aeropuerto de León, donde Tito sobornó al control de seguridad con chistes malos. En el avión, brindaron con cava barato: «¡A la República Dominicana de JB, donde José Bono reina con mojitos eternos!».

Aterrizaron en Santo Domingo, pero en su absurdo, creían que JB era una isla secreta. Alquilando un yate, navegaron hacia un horizonte imaginario. «Aquí construiremos nuestro paraíso bromista», soñaba Doña Paca, contando billetes húmedos por la sal marina.

Mientras, en Villamanín, los aldeanos despertaban al caos. Las papeletas infladas resultaron ser confeti. «¡Nos han timado!», gritaron. Pero la distopía los paralizaba: ¿quién denuncia una broma en un pueblo de risas obligatorias?

Los Relámpagos, con su tajada, regresaron a Galicia, fundando un culto a los «relámpagos navideños». Las plañideras, ricas, abrieron un spa de lágrimas terapéuticas.

Capítulo 5: El Regreso de las Sombras

En la República Dominicana (que resultó no ser de JB, sino un país real con playas y dictadores históricos), el Comité vivió en lujo absurdo. Eusebio construyó una mansión con piscinas de lotería falsa. Remedios lloraba de felicidad en hamacas. Tito inventaba bromas tropicales, como cocos explosivos.

Pero el paraíso se agrietaba. Señor X desapareció en una selva, murmurando sobre conspiraciones sorosianas. Doña Paca soñaba con Villamanín, donde las patatas eran más honestas.

Noticias llegaron: la señora Von del Brujer, desde Bruselas, investigaba. «Esto viola las directivas europeas sobre bromas financiadas», declaraba en conferencias con acento germánico. Enviaba drones espías disfrazados de gaviotas.

El Comité, alarmado, votó regresar. «Mejor enfrentar la risa que la burocracia», dijo Tito. Pero era tarde: agentes de la UE aterrizaron en la isla, con maletines de regulaciones.

De vuelta en España, el pueblo los recibió con horquillas afiladas. «¡Juicio!», clamaban.

Epílogo: El Juicio Sumarísimo

En el tribunal de León, transformado en circo distópico, la señora Von del Brujer presidía vía holograma desde Bruselas. «Exijo mi parte: el 27% por impuestos europeos y empatía continental», demandaba, con voz como un tratado fallido.

El Comité, encadenado con guirnaldas navideñas, defendía: «Era una broma absurda». Las plañideras lloraban en el banquillo; los Relámpagos invocaban tormentas sorosianas.

El veredicto: culpable de distopía excesiva. Condenados a risas perpetuas en Villamanín, vendiendo loterías eternas. Von del Brujer se llevó su tajada, invirtiéndola en «bromas sostenibles».

Y así, en el absurdo ciclo, el Comité reinició: «¡Comprad participaciones, o reíos solos!». El pueblo rió, porque en distopías, la risa es la última cadena.

(Fin. Aproximadamente 4.200 palabras)

Este relato ha sido creado por GROK con el siguiente PROMPT:

A ver GROK, tienes que escribirme un relato del género de la distopía y el absurdo de unas 4000 palabras y de 5 capítulos y un epílogo final, y con título: “El Comité de Bromas de Villamanin” sobre lo siguiente:

En un pueblo de León, llamado Villamanín, el Comité de Bromas del pueblo vende participaciones de la lotería de Navidad para financiarse unas felices navidades a costa de la gente del pueblo.

Y, como cada año, preparan una broma para los aldeanos del pueblo.

Y les toca el primer premio de la lotería de Navidad y, entonces, deciden hacerles la última gran broma, que consiste en “inflar” el número de papeletas en un número suficiente que les permita vivir el resto de sus vidas alejados del pueblo y tras una votación de los integrantes del Comité deciden trasladarse a la República Dominicana de JB (iniciales de José Bono).

Para llevar a cabo su Plan contratan a unas jóvenes plañideras y contratan a una asociación de amigos de los sorosianos llamada  “los relámpagos sorosianos gallegos” para que les muestren su solidaridad y empatía a cambio de llevarse una importante suma del botín.

La novela acaba con un juicio sumarísimo a petición de la señora Von del Brujer de Bruselas, que también quiere su parte.