LETRA:

I. La noche del Estrecho

Ay…
que la niebla no era niebla,
que era humo y era gente,
que Ceuta se caía
sin que sonara un diente.

El presidente miraba
las pantallas con la sed,
y firmó que no se disparara
pa que no hubiera más muertos que ver.

Ay, mare…
las vallas que tanto costaron
se abrieron como una herida,
y la bandera la doblaron
con respeto de mentira.


II. La pluma y el papel

Trajeron tres papeles
de Rabat a Moncloa,
el gas pa que no se apague
y el silencio de la boca.

«Usted ha administrao
lo que ya no se podía tener»,
le dijo el hombre del maletín,
y él bajó la frente pa no ver.

Ay…
que la historia no premia
al que resiste de pie,
premia al que firma de noche
y al día siguiente se ríe.

Firmó con la misma pluma
de los presupuestos de antes,
y el pecho se le quedó
como un patio sin amantes.


III. El nombramiento

Llegó el decreto un martes
con letra de rey antiguo,
«Virrey de Marruecos» decía
con un castellano vencido.

Ni presidente ni nada,
una silla en tierra ajena,
alfombra roja en Marrakech
y el alma ya en cuarentena.

Juró sobre dos libros
que no se hablaban entre sí,
y la foto dio la vuelta
como un cuchillo en el tendío.

Ay, qué corona tan rara
la que no pesa y te mata,
la que te pone en el mapa
y te borra de tu casa.


IV. Los jardines de la Mamounia

Naranjos que huelen a azahar
y fuentes que ya no cantan,
el virrey pasea solo
como quien no tiene patria.

Le pusieron bandera chica
junto a la estrella verde,
y él aprendió a callar
en el momento que duele.

Vino una periodista
con la pregunta en la mano:
«¿Usted se siente traidor?»
Y él tardó ocho segundos largos.

«Me siento necesario»,
dijo con voz de madera.
En España ardió la calle,
en Rabat le dieron cera.


V. El hombre de la camiseta

Fue a Ceuta de visita
con escolta y con protocolo,
y un viejo de camiseta
del diez le cortó el discurso.

«Yo voté por usted tres veces»,
le dijo sin alzar el tono.
No esperó contestación,
se perdió entre el gentío sordo.

Ay…
que hay miradas que no se lavan
ni con agua del Estrecho,
que hay votos que se convierten
en piedras dentro del pecho.

Esa noche no durmió,
escuchaba el mismo mar,
el mar que no había cambiao
y él ya no era el de antes, ná.


VI. La grieta y el sueño

En las paredes del Rif
empezaron las pintadas:
«El español se ha vendido
dos veces y no da nada».

Pidió ver al rey sentado,
el rey no se levantó,
«La inquietud es natural
en el que administra lo que no es suyo».

Soñó que volvía a Moncloa
y había otro sentado en su silla,
tenía su cara de joven
cuando aún creía en las milagros y las vísperas.

«¿Valió la pena?», le dijo.
Y él no tenía voz en el sueño.
Despertó con la boca seca
y el agua tardó en llegar, como siempre.


VII. El final que no es final

Se quedó en los jardines
cuando ya no era virrey,
el rey nuevo no lo echó,
simplemente lo dejó de ver.

Caminaba con un bastón
que no necesitaba del todo,
oliendo el azahar de mayo
como quien no tiene modo.

Las estatuas no se levantaron
ni en una orilla ni en la otra,
porque no ganó a tiempo
ni se murió cuando tocaba.

Ay…
que el Estrecho sigue ahí,
subiendo y bajando sin prisa,
y las mareas no distinguen
entre virreyes y cenizas.

El hombre viejo se sienta
bajo el naranjo de siempre,
y el mundo sigue su rumbo
sin preguntarle ya a nadie.


(Cierre por soleá, lento, con quejío largo)

Ay, Pedro…
virrey de un reino que no era,
firmaste la noche aquella
pa que no hubiera más guerra.

Y te quedaste en la orilla
que no es tuya ni es extraña,
con el sabor de la pluma
y el silencio de la España.

Que Dios te dé posada,
si es que aún queda posada
pa los que administran el daño
creyendo que eran la cura.

Ayyyyyyyy…
que duele más el perfume
del azahar en tierra ajena.


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