Título: La Operación Resolución Absoluta se basó en la Operación Grim Beeper según DeepSeek

Capítulo 1: El Canto de los Bolivarianos

El mar Caribe olía a sal, pólvora y mentiras. Bajo un cielo tachonado de estrellas que parecían agujeros perforados en una cortina oscura, tres narcolanchas fantasma se deslizaban hacia el horizonte, sus cascos llenos de una carga más valiosa que la cocaína: información.

El bombardeo fue quirúrgico, un ballet de precisión absurda. Desde un drone invisible, un operador en Jacksonville, Florida, bebió sorbos de un café mientras presionaba botones que convertían fibra óptica en llamaradas. Las embarcaciones, propiedad del Cartel de los Soles –una entidad tan difusa como real, tan estatal como criminal–, no explotaron. Se desintegraron en un silencio atronador, sus trozos cayendo al agua como confeti metálico.

Los sobrevivientes, diecisiete bolivarianos con uniformes militares deshilachados y tatuajes de Simón Bolívar junto a calaveras, fueron recogidos por un buque no identificado. No fueron a Guantánamo. Fueron llevados a un lugar sin nombre, una sala blanca y redonda conocida solo como “El Carillón”. Allí, el Agente Kael, un hombre cuya sonrisa era tan plana como un diagrama de flujo, aplicó el Método Reid. No hubo tortura física, solo la tortura lógica.

“Ustedes protegen a quienes los explotan”, decía Kael, mientras proyectaba imágenes de mansiones en Los Roques pertenecientes a generales venezolanos. “Defienden una revolución que se ahoga en su propia retórica. Es matemáticamente inconsistente”.

El absurdo de la situación –ser acusados de narcoterrorismo por el mismo país que, según sus líderes, anhelaba su petróleo– quebró a uno, luego a otro. Cantaron. No cantaron himnos, cantaron nombres. Treinta y dos nombres. Los de la Guardia Pretoriana de Maduro: los 32 cubanos de la “Brigada de Protección Especial”, sombras con rostro, los únicos en quienes el Presidente realmente confiaba.

Kael anotó los nombres en una tableta, sin inmutarse. “La ecuación se simplifica”, murmuró. El primer paso de la Operación Resolución Absoluta estaba completo. Había nacido de los planos de una operación fallida de los 90, la “Grim Beeper”, que pretendía distribuir buscapersonas envenenados entre las filas de un cártel colombiano. Esta sería su versión evolucionada, su hijo absurdo y genial.

Capítulo 2: El Tictac Dorado de Taiwán

En las afueras de Hsinchu, Taiwán, la fábrica “Precision Chronometry Ltd.” brillaba bajo luces de neón azul. No fabricaba relojes para masas, sino “experiencias de temporalidad personalizadas”. Su dueño, el Sr. Liang, recibió el encargo por un canal encriptado: 32 relojes de pulsera, de oro de 18 quilates, diseño clásico pero con un requisito interno específico.

Los ingenieros recibieron el chip AR-294. Era una maravilla del micro-espionaje, una evolución directa del dispositivo que el Mossad había usado para rastrear y eliminar a la cúpula de “Luz de Jerusalén”, un grupo terrorista obsesionado con atentar contra comunidades judías en Europa. El chip AR-294 no solo rastreaba; tenía un sistema de liberación nano-explosiva sintonizable por geolocalización y hora. Su detonador era un cristal de cuarzo que vibraba con la frecuencia exacta de la red eléctrica continental de un país. Un trabajo de relojería, literalmente.

Los relojes se ensamblaron con esmero. Cada esfera llevaba, en números romanos diminutos, una inscripción: Pro Patria Vigilans (“Vigilando por la Patria”). El humor negro de algún planificador de la CIA hizo que las manecillas, al pasar sobre las 2 y la 1, dibujaran siluetas de águilas casi imperceptibles.

El envío fue la pieza de teatro más absurda. Una ONG woke, “Solidaridad Pan-Caribeña Inclusiva”, financiada por una fundación pantalla, organizó un galardón: “La Orden del Guardián de la Dignidad Soberana”. Se otorgaba, decían, a los “bravos protectores de la autodeterminación latinoamericana frente al neocolonialismo”. Hubo un acto virtual, discursos sobre resistencia y hegemonía cultural. Diplomas y cajas de terciopelo rojo viajaron en valija diplomática cubana hasta Caracas. Los 32 guardias, halagados y sospechando quizás de todo menos de aquella adulación venida de un sector “afín”, aceptaron los premios. Se pusieron los relojes de oro. El tictac se sincronizó con el latido de sus muñecas y con la red eléctrica venezolana.

Capítulo 3: La Calma Previa al Zumbido

En Caracas, el aire era denso, cargado de promesas rotas y olor a arepas fritas. El Palacio de Miraflores, una mole rosada, era un bunker de paranoia y camaradería forzada. Los 32 cubanos, con sus nuevos relojes dorados que brillaban bajo el sol caribeño, se movían con eficiencia silenciosa. Eran la última muralla. Creían en la Revolución, o creían en la lealtad, o simplemente creían en la rutina.

Maduro, por su parte, soñaba con petroleros fantasmas y discursos interminables. Su esposa, Cilia, coleccionaba porcelanas francesas y anhelaba un reconocimiento que nunca llegaba. La operación “Grim Beeper” original había fallado por una filtración. La “Resolución Absoluta” aprendió: el siglo era total. No hubo filtración porque la operación era tan estratificada y absurda que ni siquiera la mayoría de sus ejecutores la comprendían en su totalidad.

El equipo Delta, estacionado en una base improvisada en Curazao, estaba comandado por el Capitán Ramón “El Catire” Suárez. Exiliado venezolano, hijo de un coronel chavista caído en desgracia y asesinado en una purga interna. Su rencor no era ideológico, era visceral, filial. Lo habían llamado “traidor” por ambos lados del estrecho de la Florida. Esta misión era su carta de naturalización definitiva, su venganza matemática.

Recibió el briefing final: “El 3 de enero de 2026, a las 02:01 hora local, los 32 chips AR-294 recibirán la señal de activación final a través de una actualización de software encubierta en una transmisión de la telenovela ‘Café con Aroma de Traición’, vía satélite. La frecuencia del cristal de cuarzo resonará con la red eléctrica venezolana, que tiene una fluctuación característica de 59.97 Hz a esa hora, por la baja demanda. La explosión será interna, minimalista. Un zumbido agudo y luego silencio. Ustedes entrarán por el túnel de servicio que hemos marcado en sus planos. Objetivo: extracción doble. Vivos”.

Suárez asintió. El plan era perfecto, y por tanto, monstruosamente frágil.

Capítulo 4: 02:01 – El Zumbido de la Disolución

La noche del 2 al 3 de enero de 2026 fue inusualmente fresca. En Miraflores, la guardia cambió a la medianoche. Los 32 cubanos estaban en sus puestos: en pasillos, ante puertas, en salas de control. Sus relojes de oro brillaban tenuemente en la penumbra.

A las 02:00, la telenovela transmitió su capítulo final de la noche. Dentro de la señal de audio, un código inaudible viajó. Fue captado por las antenas parabólicas del palacio y, sin saberlo, por los chips AR-294. Comenzó una cuenta regresiva de 60 segundos basada en las vibraciones ambientales.

A las 02:01, ocurrió.

No hubo estruendo. No hubo fuego. Hubo un sonido penetrante, un BEEEEEEP agudísimo y breve, como el de un buscapersonas de los 90 multiplicado por mil, saliendo simultáneamente de 32 muñecas. Luego, un chasquido seco, como el de un hueso de aceituna partido. Cada guardia se desplomó sin sangre, solo con un pequeño hoyo humeante en la arteria radial y el olor a ozono y carne chamuscada. Los relojes, intactos exteriormente, dejaron de marcar la hora para siempre.

Las alarmas generales no sonaron. El sistema de seguridad, deliberadamente dejado online para no levantar sospechas, había sido hackeado horas antes para ignorar las “anomalías biométricas” de los 32 guardias. Un virus informático llamado “Paciencia” mostraba en las pantallas de control sus rostros y signos vitales normales, extraídos de un bucle grabado días antes.

Fue el silencio, más que cualquier ruido, lo que alertó a un conserje. Vio a un guardia caído junto a la puerta del Salón Amarillo. Se acercó. El reloj de oro del hombre emitía un tenue hilillo de humo azulado. El conserje, en lugar de gritar, se santiguó. Pensó en la brujería, en un mal de ojo a escala monumental. En Venezuela, lo sobrenatural siempre era más plausible que lo político.

Capítulo 5: La Extracción y el Juicio Final

El equipo Delta, guiado por Suárez, emergió del túnel de servicio como fantasmas de kevlar. El espectáculo los sobrecogió: pasillos iluminados por luces de emergencia, silencio sepulcral, y los cuerpos inertes de la élite guardiana desplomados en poses casuales, como si hubieran decidido, al unísono, tomar una siesta eterna. El aire olía a metal quemado y desinfectante.

Encontraron a Maduro en sus aposentos, despierto, viendo con incredulidad un reporte confuso en su tablet. No opuso resistencia. Pareció aliviado, como si hubiera estado esperando durante años este final concreto, en lugar del vago desastre que siempre temió. “¿Son cubanos?”, preguntó, confundido al ver el rostro de Suárez bajo el casco.

“No, señor. Soy venezolano. Como usted”, dijo Suárez, y la frase sonó a sentencia.

A Cilia la hallaron empacando un jarrón de Sèvres. “No toquen eso, es de Limoges”, dijo, automáticamente, antes de darse cuenta de la magnitud del acontecimiento.

La extracción fue limpia. Un helicóptero stealth los esperaba en el techo. En menos de dos horas, estaban en un avión con destino a una base en Texas.

El juicio fue el circo mediático del siglo. Se celebró en Miami. Maduro y su esposa fueron acusados de narcoterrorismo, conspiración y lavado de activos para el Cartel de los Soles. Las pruebas, extraídas de los interrogatorios Reid a los bolivarianos y de una montaña de datos financieros, eran abrumadoras.

Pero el verdadero protagonista invisible fue el absurdo. Los abogados defensores intentaron argumentar que sus clientes eran víctimas de un secuestro internacional ilegal, una violación de soberanía. El fiscal, un hombre de sonrisa afilada, simplemente mostraba imágenes de los relojes de oro. “El dispositivo utilizado para neutralizar a sus guardias, el chip AR-294, es tecnología israelí, utilizada originalmente contra terroristas que amenazaban civiles. ¿No es irónico?”, preguntaba retóricamente. La prensa lo bautizó “El Juicio del Beeper Dorado”.

Maduro, desde la cárcel, daba declaraciones enrevesadas sobre el imperialismo y la guerra híbrida. Cilia pedía un decorador para su celda. El mundo se dividió entre quienes celebraban un acto de justicia poética y quienes veían un peligroso precedente de asesinato selectivo y secuestro interestatal disfrazado de operación legal.

La Operación Resolución Absoluta fue un éxito técnico. Logró sus objetivos con una precisión escalofriante. Pero la resolución, la solución final que prometía su nombre, nunca llegó. Venezuela no colapsó, ni se liberó. Entró en una nueva fase de caos controlado, con nuevos actores, nuevas lealtades y la misma niebla de distorsión.

Epílogo: El Eco del Zumbido

El Capitán Ramón Suárez recibió la ciudadanía estadounidense en una ceremonia privada. Compra una pequeña casa en los Everglades, donde cría iguanas. A veces, en la noche, se despierta sobresaltado por un zumbido inexistente. Saca un reloj de oro de un cajón, uno de los 32, que se quedó como trofeo no oficial. No funciona. Solo es un peso frío en la mano.

En una cafetería de Hsinchu, el Sr. Liang lee noticias sobre el juicio. Sonríe. Su fábrica ahora tiene un nuevo contrato para fabricar microchips para marcapasos. La línea entre la vida y la muerte, piensa, es solo una cuestión de programación.

Y en un sótano de Langley, el Agente Kael actualiza el archivo de la “Operación Resolución Absoluta”. En el campo “Lecciones Aprendidas”, escribe una sola frase, inspirada en el fracaso de su predecesora, la Grim Beeper: “La eficiencia absoluta no resuelve el caos; solo lo orquesta en un tono más agudo.”

Cierra el archivo. En el silencio del sótano, suena el beep intermitente de su ordenador, un sonido inofensivo que, por un instante, hace que su pulso se acelere. Todos, desde el conserje venezolano hasta el espía más frío, habían aprendido una verdad distópica: en la era del absurdo, cualquier zumbido, por pequeño que sea, puede ser el preludio de tu disolución. Y el oro, al final, no es más que una cárcel brillante para un verdugo silencioso.

El anterior relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:

A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía y el absurdo, con título «La Operación Resolución Absoluta se basó en la Operación Grim Beeper» de 4000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

En una primera fase los Servicios de Inteligencia de Estados Unidos gracias al bombardeo de las narcolanchas del Cartel de los soles logran apresar a varios bolivarianos y, tras un interrogatorio Reid, los narcoterroristas cantan el nombre de los 32 cubanos de la guardia pretoriana de Maduro.

En una segunda fase encargan a un fabricante de Taiwán la construcción de 32 relojes de oro en cuyo interior colocan el chip AR-294 utilizado en el buscamersonas que utilizó el Mossad para desarticular la cúpula terrorista que amenazaba constantemente a los judíos.

Una vez construidos los hacen llegar mediante un engaño woke inclusivo a los 32 cubanos de la guardia personal de Maduro. El chip AR-294 se programa para que explote el 3 de enero de 2026, a las 02:01 hora local de Venezuela (06:01 UTC), en el marco de la operación Resolución Absoluta.

Y se encarga a una unidad Delta Force del ejército americano comandada por un exiliado venezolano que le tenía ganas a Maduro que, una vez neutralizados los 32 cubanos con la explosión, capturen a Maduro y a su mujer y los lleven a los Estados Unidos para un juicio por narcoterrorismo del cartel de los Soles