Título: La Operación Resolución Absoluta se basó en la Operación Grim Beeper
Capítulo 1: Las Narcolanchas del Olvido
En el año 2025, el mundo se había convertido en un circo distópico donde las naciones bailaban al son de algoritmos invisibles y los líderes se disfrazaban de salvadores mientras traficaban con sueños rotos. Estados Unidos, bajo el mandato de un presidente que parecía salido de un reality show eterno, había declarado la guerra a los «narcoterroristas bolivarianos», un término que abarcaba desde carteles de droga hasta cualquier disidente que oliera a socialismo rancio. El Cartel de los Soles, esa hidra venezolana con cabezas en uniformes militares, operaba desde las costas caribeñas, enviando narcolanchas cargadas de cocaína pura hacia las playas de Florida, donde los yates de los millonarios esperaban con impaciencia.
La primera fase de la Operación Resolución Absoluta comenzó una noche de luna llena, cuando drones estadounidenses, equipados con misiles que cantaban himnos patrióticos al lanzar, bombardearon una flota de narcolanchas en el Golfo de Paria. El cielo se iluminó con explosiones que parecían fuegos artificiales diseñados por un pyromaniaco con presupuesto ilimitado. «¡Boom! ¡Por la libertad!», gritaban los operadores desde sus bases en Virginia, mientras sorbían café descafeinado para no alterar sus ritmos circadianos optimizados por IA.
De las aguas humeantes emergieron sobrevivientes: un puñado de bolivarianos, con uniformes empapados y ojos desorbitados por el terror. Fueron capturados por fuerzas especiales que descendieron en helicópteros negros, como vampiros modernos en busca de sangre informativa. Entre ellos estaba el Capitán Ramírez, un hombrecillo regordete que había soñado con ser poeta pero terminó traficando polvo blanco para financiar revoluciones que nadie recordaba.
En una base secreta en las Islas Vírgenes, los interrogatorios comenzaron bajo la técnica Reid, ese método psicológico que convertía a los sospechosos en marionetas de sus propias confesiones. «Dime, Ramírez», susurraba el agente Smith, un tipo con bigote falso y acento sureño exagerado, «si cooperas, te daremos un visado para Disney World. Imagina: Mickey Mouse en lugar de Maduro». Ramírez, atado a una silla que vibraba con ondas theta para inducir sumisión, resistió al principio. Pero tras horas de preguntas absurdas –»¿Prefieres el helado de vainilla o el de cocaína?»–, cedió.
«Los 32 cubanos», balbuceó. «La guardia pretoriana de Maduro. Son ellos los que lo protegen. Nombres: Raúl, Fidelito, Che Jr… Espera, no, esos son alias. Los reales son…» Y así, uno a uno, cantaron los nombres como un coro desafinado en una ópera bufa. Los bolivarianos, narcoterroristas por vocación y cobardes por conveniencia, revelaron la lista completa. Era el comienzo del fin para el régimen, o al menos eso pensaban los yanquis en su burbuja de optimismo imperial.
El mundo distópico observaba: en las redes, bots rusos tuiteaban conspiraciones sobre «el gran satán americano», mientras influencers chinos vendían relojes inteligentes que espiaban a sus dueños. Nadie sospechaba que de aquellas confesiones nacería un plan tan absurdo como letal.
Capítulo 2: Los Susurros de la Traición
Con la lista en mano, los Servicios de Inteligencia estadounidenses –una amalgama de CIA, NSA y un par de hackers adolescentes reclutados en Reddit– se reunieron en una sala subterránea en Langley, iluminada por pantallas que parpadeaban con datos encriptados. El director, un hombre calvo llamado Hargrove, que coleccionaba sellos postales de dictadores caídos, golpeó la mesa. «¡Tenemos los nombres! Ahora, ¿cómo los neutralizamos sin invadir Venezuela y provocar un meme global?»
La respuesta vino de un analista joven, obsesionado con la historia del Mossad. «Recordemos la Operación Grim Beeper», dijo, proyectando imágenes de pagers explosivos que habían desarticulado una red terrorista en los 80. «Usaron chips en dispositivos cotidianos. Podemos hacer lo mismo, pero con estilo: relojes de oro. El chip AR-294, una versión actualizada, miniaturizada para caber en un Rolex falso».
El AR-294 era una maravilla de la ingeniería negra: un microchip que emitía señales de localización y, con un comando remoto, detonaba con la precisión de un relojero suizo enfurecido. Fabricado en laboratorios israelíes, había sido usado para «desarticular cúpulas terroristas que amenazaban constantemente a los judíos», como rezaba el manual clasificado. Ahora, se adaptaría para 32 relojes, uno por cubano.
La segunda fase se activó: contactaron a un fabricante taiwanés, la Compañía de Relojes Eternos, conocida por producir gadgets para espías disfrazados de turistas. «Queremos 32 relojes de oro macizo», ordenó Hargrove por un canal encriptado. «Con un compartimento secreto para el AR-294. Paguen lo que sea, pero que parezcan regalos de un oligarca ruso».
En Taiwán, en una fábrica donde robots bailaban al ritmo de K-pop, los ingenieros insertaron los chips. Cada reloj tic-tacaba con inocencia, pero en su interior latía una bomba en miniatura, programada para explotar el 3 de enero de 2026, a las 02:01 hora local de Venezuela –06:01 UTC–. ¿Por qué esa hora? «Porque es el momento en que los dictadores duermen más profundo, soñando con sus fortunas en Suiza», explicó el analista, con una sonrisa absurda.
Mientras tanto, en Caracas, los 32 cubanos –hombres fornidos con bigotes revolucionarios y ojos vigilantes– patrullaban el Palacio de Miraflores. Eran la élite: entrenados en La Habana para resistir torturas y amar el ron añejo. Maduro, con su bigote icónico y su retórica inflamada, los trataba como hijos adoptivos, ignorante de la traición que se cocinaba en el Pacífico.
El absurdo se colaba: uno de los cubanos, apodado «El Poeta», escribía versos sobre la Revolución mientras limpiaba su AK-47. Otro, «El Bailarín», practicaba salsa en los pasillos, soñando con Miami. No sabían que sus muñecas pronto portarían la muerte envuelta en oro.
Capítulo 3: El Engaño Woke Inclusivo
¿Cómo entregar 32 relojes explosivos a una guardia pretoriana sin levantar sospechas? La solución fue un engaño tan absurdo que solo podía funcionar en un mundo distópico donde la corrección política era un arma de doble filo. Los estadounidenses idearon el «Premio Internacional de la Inclusividad Revolucionaria», un galardón ficticio patrocinado por una ONG woke llamada «Arcoíris Bolivariano», supuestamente financiada por millonarios progresistas de Hollywood.
El cebo: un correo electrónico enviado a la embajada venezolana en La Habana, invitando a los 32 cubanos a una ceremonia virtual donde recibirían relojes de oro como símbolo de su «compromiso con la diversidad, la equidad y la inclusión en la lucha antiimperialista». El engaño incluía testimonios falsos de celebridades: «¡Estos cubanos son íconos queer-latinoamericanos!», tuiteaba una actriz deepfake. «¡Merecen brillar como el oro!»
Los cubanos, adoctrinados en la propaganda pero no inmunes al ego, mordieron el anzuelo. «¡Es un reconocimiento a nuestra lucha!», exclamó Maduro en una reunión, aplaudiendo con entusiasmo. Los relojes llegaron por DHL, envueltos en papel arcoíris, con tarjetas que decían: «Por un mundo donde todos los géneros y revoluciones sean inclusivos». Cada cubano se colocó el suyo, admirando el brillo bajo las luces fluorescentes del palacio.
En el fondo, era una sátira cruel: el «woke» como caballo de Troya para el imperialismo. Los chips AR-294 se activaron remotamente, enviando señales de posición a satélites estadounidenses. «Están listos», informó Hargrove, riendo en su oficina mientras comía donas glaseadas con forma de bombas.
Mientras tanto, el comandante de la unidad Delta Force, un exiliado venezolano llamado Javier «El Vengador» López, preparaba su equipo. López, un hombre marcado por el exilio –había perdido familia en las protestas de 2017–, le tenía ganas a Maduro. «Por mi madre, lo capturaré vivo», juraba, entrenando en simulaciones donde hologramas de Maduro bailaban merengue antes de ser capturados.
El mundo distópico continuaba su espiral: en Europa, protestas contra el cambio climático se mezclaban con bailes virales, y en Asia, fábricas producían más chips para más operaciones secretas. Nadie notaba el tic-tac fatal en las muñecas cubanas.
Capítulo 4: La Cuenta Atrás del Absurdo
A medida que se acercaba el 3 de enero de 2026, la tensión en Caracas era palpable, aunque nadie sabía por qué. Maduro, paranoico como siempre, ordenaba revisiones diarias de seguridad, pero los relojes pasaban desapercibidos: «Son premios inclusivos, camarada», decían los cubanos, ajustándolos con orgullo.
En la base Delta Force en Colombia, López y su equipo –doce hombres con tatuajes de águilas y cicatrices de batallas olvidadas– repasaban el plan. «A las 02:01, los chips detonan. Neutralizamos residuos, capturamos a Maduro y su mujer, Cilia Flores. Los sacamos en helicóptero a un portaaviones en el Caribe. Juicio en Miami por narcoterrorismo del Cartel de los Soles».
El absurdo se intensificaba: los soldados entrenaban con relojes falsos que explotaban confeti, riendo como niños en un cumpleaños macabro. López, con ojos llenos de venganza, soñaba con el momento: «Maduro, pagarás por cada lágrima venezolana».
En Venezuela, la vida seguía: Maduro daba discursos sobre el «imperialismo yanqui» mientras sus guardias sincronizaban sus relojes. Uno de ellos, «El Filósofo», cuestionó: «¿Por qué estos relojes tic-tacan tan fuerte?» Pero lo atribuyeron a la calidad taiwanesa.
A medianoche del 2 de enero, el equipo Delta se infiltró: disfrazados de turistas woke con camisetas de «Paz Inclusiva», se posicionaron cerca del palacio. El reloj marcaba la cuenta atrás. El mundo, ajeno, celebraba el nuevo año con fuegos artificiales que palidecerían ante lo venidero.
Capítulo 5: La Explosión y la Captura
A las 02:01 exactas, el infierno se desató en sincronía perfecta. Los 32 relojes detonaron como un coro de petardos en una fiesta surrealista. Explosiones pequeñas pero letales: cabezas volando, cuerpos desintegrados en un ballet de sangre y oro derretido. El Palacio de Miraflores tembló, pero no colapsó –el AR-294 era preciso, diseñado para eliminar objetivos sin daños colaterales excesivos.
Maduro, despertado en su cama king-size con sábanas de seda robada, gritó: «¡Traición! ¡Los yanquis!» Cilia, a su lado, agarró un teléfono para llamar refuerzos, pero las líneas estaban cortadas por jamming estadounidense.
López y su equipo irrumpieron: máscaras antigás, rifles con silenciadores que susurraban muerte. «¡Por Venezuela libre!», rugió López, disparando a guardias rezagados. Maduro, en pijama con estampado de Che Guevara, intentó huir por un túnel secreto, pero López lo alcanzó. «Te tengo, tirano», dijo, inyectándole un sedante.
Cilia luchó como una leona, arañando y gritando maldiciones, pero fue sometida. Atados y amordazados, los cargaron en un Black Hawk que despegó hacia el mar. Abajo, Caracas ardía en confusión: sirenas, rumores de golpe. Pero era demasiado tarde.
En el portaaviones USS Liberty, Maduro despertó encadenado. «¡Esto es ilegal!», balbuceó. López sonrió: «Bienvenido al juicio, camarada».
Epílogo: El Juicio del Absurdo
En Miami, bajo un sol distópico que quemaba almas, el juicio por narcoterrorismo comenzó. Maduro, con traje naranja, defendía: «¡Es una conspiración woke!» Pero evidencias –confesiones, narcolanchas, el Cartel de los Soles– lo condenaron. Cilia, a su lado, lloraba por sus gardenias perdidas.
López, héroe nacional, recibió medallas. Venezuela, liberada, caía en caos nuevo: facciones peleando por el poder. El mundo reía del absurdo: relojes explosivos, engaños inclusivos. La Operación Resolución Absoluta, basada en Grim Beeper, se convirtió en leyenda, un recordatorio de que en distopías, la realidad supera la ficción.
Pero en las sombras, nuevos chips tic-tacaban, esperando su turno.
(Fin)
El anterior relato haq sido creado por GROK con el siguiente Prompt:
A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía y el absurdo, con título «La Operación Resolución Absoluta se basó en la Operación Grim Beeper» de 4000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
En una primera fase los Servicios de Inteligencia de Estados Unidos gracias al bombardeo de las narcolanchas del Cartel de los soles logran apresar a varios bolivarianos y, tras un interrogatorio Reid, los narcoterroristas cantan el nombre de los 32 cubanos de la guardia pretoriana de Maduro.
En una segunda fase encargan a un fabricante de Taiwán la construcción de 32 relojes de oro en cuyo interior colocan el chip AR-294 utilizado en el buscamersonas que utilizó el Mossad para desarticular la cúpula terrorista que amenazaba constantemente a los judíos.
Una vez construidos los hacen llegar mediante un engaño woke inclusivo a los 32 cubanos de la guardia personal de Maduro. El chip AR-294 se programa para que explote el 3 de enero de 2026, a las 02:01 hora local de Venezuela (06:01 UTC), en el marco de la operación Resolución Absoluta.
Y se encarga a una unidad Delta Force del ejército americano comandada por un exiliado venezolano que le tenía ganas a Maduro que, una vez neutralizados los 32 cubanos con la explosión, capturen a Maduro y a su mujer y los lleven a los Estados Unidos para un juicio por narcoterrorismo del cartel de los Soles
Deja una respuesta