Título: Las maletas de Delcy Rodríguez acabaron en manos de los narcoterroristas de Barbate según DeepSeek

Capítulo 1: El vuelo de la codicia

El Boeing 767 de Plus Ultra, con matrícula YV-353T, aterrizó en el aeropuerto de Madrid-Barajas con una discreción que resultaba obscena para un avión de su tamaño. En su bodega, aparte de los equipajes habituales de la tripulación, viajaban ciento cuatro lingotes de oro de 12,5 kilogramos cada uno, repartidos en diez maletas Samsonite de color negro idénticas. Un tesoro venezolano que ahora reposaba en suelo español, escoltado por Delcy Rodríguez, la mujer más poderosa del chavismo después de Maduro.

Delcy descendió por la escalerilla con la altivez de una reina visitando una colonia. La recibieron José Luis Ábalos y Koldo García, quienes intentaban parecer funcionarios serios en lugar de lo que eran: los representantes peninsulares de la Banda del Peugeot, especialistas en logística opaca y maletines a medianoche.

“Las maletas están listas”, dijo Delcy sin saludar. “El Comandante espera confirmación de la entrega. Recuerden: Peugeot 508, maletero, calle Ferraz. Abandonado. Nada de testigos.”

Ábalos asintió con una sonrisa que pretendía ser de complicidad pero que solo lograba parecer una mueca nerviosa. “Todo está coordinado. Nuestros socios locales recogerán el vehículo en quince minutos. El oro llegará a su destino final.”

El destino final, por supuesto, era una cuenta en un paraíso fiscal cuyo nombre ni siquiera ellos conocían. Solo eran engranajes en una máquina que se alimentaba de oro, influencias y una desfachatez absurda.

Horas después, en un aparcamiento subterráneo cerca de la glorieta de Ruiz Jiménez, Koldo García sudaba copiosamente mientras colocaba la última maleta en el maletero del Peugeot 508 gris. “Pesa como un muerto”, murmuró.

“Ciento cuatro muertos”, corrigió Ábalos, mirando alrededor con paranoia. “Vamos. A Ferraz.”

El coche fue abandonado en el número 70 de la calle Ferraz, a doscientos metros de la sede nacional de un partido político. La ironía era tan gruesa que resultaba invisible para ellos. Acto seguido, subieron a un taxi y desaparecieron.

Pero lo que ni Maduro, ni Delcy, ni la Banda del Peugeot habían previsto era la intervención de una tercera fuerza: la Banda Sorosiana de Tráfico de Esclavos y Maletas. Un colectivo amorfo y globalista que operaba bajo el axioma de que todo es mercancía: personas, metales preciosos, influencias. Tenían un informante en la delegación de hacienda, un tipo que por una módica suma en monero les había pasado la información del oro y la ubicación.

Diez minutos después de que Ábalos y Koldo se fueran, un furgón blanco sin distintivos se detuvo detrás del Peugeot. Tres individuos con monos de trabajo, que podrían pasar por empleados municipales, abrieron el maletero con una llave maestra y transfirieron las diez Samsonite a su furgón en menos de noventa segundos. Uno de ellos incluso le pasó un trapo al guardabarros del Peugeot, como si de un ritual de despedida se tratara.

El furgón se perdió en el tráfico madrileño. Su destino: Barbate. Su carga: ciento cuatro lingotes de oro y un cargamento de “mercancía humana” que debían recoger en ruta.

Capítulo 2: La carretera de los desheredados

El furgón blanco, ahora cargado con el futuro de varios magnates sin escrúpulos, tomó la A-4 hacia el sur. Al volante iba Dagoberto, un ex-profesor de filosofía desencantado que encontró en el tráfico de seres humanos una aplicación práctica a sus teorías sobre la cosificación del individuo. A su lado, Svetlana, una bielorrusa con un máster en logística que gestionaba las rutas y los pagos con eficiencia robótica. En la parte trasera, entre las maletas de oro y varios colchones inflables, viajaban doce hombres mauritanos con miradas que habían dejado de buscar horizonte.

Eran la primera entrega del viaje. Reclutados (o más bien capturados) en las costas de Nouadhibou con promesas de trabajo en Europa, habían sido transportados en patera hasta las costas de Almería, donde la red sorosiana los “adquirió” por 500 euros por cabeza. Su destino final: los campos de frutales de municipios gobernados por lo que Dagoberto llamaba, con sorna, “la izquierda caviar”. Alcaldes progresistas y bienpensantes que condenaban la explotación en sus tuits mientras firmaban contratos opacos con cooperativas que garantizaban mano de obra sumisa y barata: doce horas diarias a cambio de quince euros. Una ganga.

La primera parada fue un motel de carretera cerca de Manzanares, llamado paradójicamente “El Descanso del Guerrero”. Allí, en la habitación 12, les esperaba un contacto local con tres potenciales “clientes”: representantes de cooperativas agrícolas de Jaén. Los mauritanos, exhaustos y confundidos, fueron presentados.

“Fuerte, jóvenes, dóciles”, anunció Svetlana como si describiera ganado. “Pueden trabajar de sol a sol. No preguntan por papeles.”

El trato se cerró en veinte minutos. Tres hombres fueron “entregados” por 1.500 euros cada uno, un beneficio del 200%. Los nuevos amos se los llevaron en una furgoneta Citroën. Los mauritanos restantes observaron, sin comprender del todo, que su grupo menguaba.

Como agasajo por el buen negocio, y siguiendo instrucciones explícitas (y extrañamente generosas) de Ábalos, el motel ofrecía a la tripulación sorosiana un “servicio premium”: tres “señoritas de compañía” pagadas por el fondo de gastos reservados de la Banda del Peugeot. Dagoberto, que en sus tiempos teorizaba sobre el hedonismo, ahora lo practicaba con una señora llamada Lola que le hablaba de su hipoteca. La absurda solemnidad del momento no se le escapaba: mientras negociaban seres humanos y transportaban el oro de una dictadura, disfrutaban de favores sexuales pagados por un ex-ministro español. El mundo era un tinglado delirante.

Así continuó el viaje durante tres días. Paradas en moteles de La Carolina, Andújar, Córdoba. En cada una, venta de “unidades laborales” y sesiones de placer subsidiadas. Las maletas de oro permanecían inmóviles, mudas testigos del trueque de carne y favores. En un momento dado, Svetlana propuso vender un lingote para cubrir gastos extras, pero Dagoberto se opuso. “Ese oro tiene dueños más peligrosos que nosotros. Es como transportar uranio. Cuanto antes nos deshagamos de él, mejor.”

Capítulo 3: La hermandad de la costa oscura

Al tercer día, con solo cuatro mauritanos restantes en el furgón (los más débiles, que no habían encontrado comprador), llegaron a las marismas de Barbate. La brisa salina era un contrapunto brutal al ambiente enrarecido de los moteles. Se reunieron en un almacén de pescado en ruinas, propiedad de una empresa fantasma vinculada a la hermandad sorosiana local: los Narcoterroristas de la Bahía.

Este grupo era un híbrido peculiar. Por un lado, traficaban con hachís desde Marruecos; por otro, profesaban una ideología anarco-comunista de salón financiada con esos mismos beneficios. Se autodenominaban “luchadores contra el capital opresor”, aunque su opresión favorita era la de inundar Europa de droga. Eran, en esencia, ni-nis con lanchas rápidas y kalashnikovs.

Les recibió su líder, un tipo que se hacía llamar “Comandante Pez Luna”, aunque su nombre real era Ignacio, hijo de un notario de San Fernando. Ignacio llevaba una boina negra y unas gafas de sol que no se quitaba ni de noche.

“¿Traéis el tesoro de los boliburgueses?” preguntó con afectada solemnidad.

“Diez maletas, como acordamos”, dijo Dagoberto, descargando la última. “¿Y el pago?”

Ignacio hizo un gesto y uno de sus hombres trajo una maleta deportiva. Dentro, fajos de euros de 500 euros. “La mitad ahora. La otra mitad cuando el oro esté a salvo en Gibraltar.”

El intercambio fue rápido. Los sorosianos traficantes de esclavos cargaron con el dinero y los cuatro mauritanos finales (que vendieron a Ignacio por 50 euros cada uno, precio de saldo). Partieron de vuelta al norte, aliviados de haberse quitado de encima el oro.

Ignacio, “Comandante Pez Luna”, contempló las maletas. Su plan era sencillo: usar una de sus narcolanchas, la Rosa de los Vientos, para llevar el oro a Gibraltar en una noche sin luna. Allí, un contacto de una firma de abogados lo ingresaría en el sistema financiero internacional, donde se limpiaría, se dividiría y una parte volvería a él como “donación para la causa”.

La causa, esa semana, era comprar un nuevo sonar para evitar a la Guardia Civil.

Capítulo 4: Embiste en la noche

La Rosa de los Vientos era una lancha semirrígida de 12 metros, con tres motores de 300 caballos que podían escupirla a 70 nudos. Esa noche, con el oro embarcado y cuatro de los hombres de Ignacio a bordo, surcó las oscuras aguas del Estrecho. No llevaba hachís, solo el metal pesado y letal. Iban sin luces, confiando en el GPS y en la pericia del piloto, un exatleta olímpico de vela reconvertido en contrabandista.

Lo que no sabían es que una patrullera de la Guardia Civil, la PV Río Miño, había detectado un tráfico inusual en la zona. Una zodiac con cuatro guardias civiles, al mando del cabo primero Diego Martínez, se aproximó para realizar una inspección rutinaria. Encendieron las luces azules y dieron el alto con megafonía.

“Embarcación Rosa de los Vientos, deténgase. Somos la Guardia Civil. Vamos a proceder a una inspección.”

En la lancha, el pánico fue instantáneo. El piloto miró a Ignacio, que iba como pasajero. “¡Nos hunden si nos pillan con esto!”

Ignacio, cuya ideología de lucha se evaporó ante el peligro real, gritó: “¡No pares! ¡Sácanos de aquí!”

El piloto, en un acto de estupidez criminal, no solo no detuvo la embarcación, sino que giró el timón bruscamente y aceleró. La narcolancha, más grande y pesada, embistió por el costado a la zodiac, que volcó al instante. Los cuatro guardias cayeron al agua. La Rosa de los Vientos continuó a toda velocidad, sin detenerse.

En el agua fría, los guardias lucharon por sus vidas. Dos de ellos, Diego Martínez y el guardia civil Javier López, quedaron atrapados bajo la zodiac volcada. Sus compañeros lograron salir a la superficie y pedir ayuda por radio, pero para sus dos compañeros ya era tarde. Murieron por ahogamiento e hipotermia, con el peso del oro simbólico de una corrupción sin fronteras sobre sus cabezas.

La noticia del “gravísimo ataque a la Guardia Civil” saltó a los medios a la mañana siguiente. Se habló de narcotraficantes, de una embestida premeditada. Pero del oro, nada. El oro, como tantas cosas, había desaparecido en el estrecho marco de la noticia.

Capítulo 5: El rastro se enfría

La investigación se puso en marcha con la solemnidad que exige la muerte de dos agentes. Se encontró la Rosa de los Vientos abandonada en una cala cerca de Tarifa, sin rastro del oro ni de sus tripulantes. Ignacio y sus hombres habían huido a Marruecos en una segunda lancha, dejando atrás solo las maletas vacías y el olor a salitre y codicia.

En Caracas, Maduro, en cadena nacional, condenó “el terrorismo fascista en las costas españolas” y ofreció la “solidaridad del pueblo bolivariano” con las familias de los fallecidos. No mencionó el oro. Delcy Rodríguez, por su parte, calificó los hechos de “operación de falsa bandera para criminalizar a los movimientos progresistas”.

Ábalos y Koldo, presas del pánico, quemaron documentos y alinearon versiones. El Peugeot había sido robado, ellos no sabían nada de maletas, solo cumplían un protocolo de entrega de “documentación diplomática”. La banda sorosiana traficante de esclavos se esfumó, Dagoberto y Svetlana reaparecieron en Bucarest con identidades nuevas y un capital inicial para montar una ONG de integración de inmigrantes. La ironía era su sello.

Los cuatro mauritanos que terminaron con Ignacio fueron, finalmente, los más afortunados. Abandonados en el almacén durante la huida, lograron escapar y fueron encontrados por la policía local. Acogidos como testigos de un crimen mayor, obtuvieron permisos de residencia temporales. Uno de ellos, Ahmed, terminó, meses después, recogiendo fresas en Huelva por quince euros la jornada. El círculo, aunque imperfecto, se cerró.

El oro, sin embargo, nunca apareció. La versión oficial sostiene que se hundió en el Estrecho. Los rumores, en cambio, hablan de que fue intercambiado en aguas internacionales por un yate lleno de obras de arte robadas. Otros dicen que financia ahora una cadena de televisión latinoamericana. Su paradero es un misterio, pero su existencia es el combustible de una maquinaria que sigue funcionando, impertérrita, en la sombra.

Epílogo: Tres años después

En una playa de Barbate, al atardecer, un niño patea una lata de refresco. Su padre, un pescador, repara las redes. En la radio de un bar cercano, un tertuliano vocifera sobre corrupción, narcotráfico y muertos impunes. El pescador cambia de emisora, busca música.

A miles de kilómetros, en un apartamento de lujo en Dubai, un hombre contempla la puesta de sol sobre el mar. En su mesita, sirve un whisky en un vaso que contiene, en lugar de cubitos, un pequeño lingote de oro. Sonríe. No es Maduro, ni Ábalos, ni Ignacio, ni Dagoberto. Es un hombre sin rostro público, un operador de ese mercado negro global donde todo se compra y se vende: metales, personas, lealtades, vidas.

Las muertes de Diego y Javier son una estadística en un informe anual, un trámite burocrático para sus superiores, una herida abierta para sus familias. La justicia avanza a paso de tortuga contra los narcoterroristas capturados, pero el caso del oro ni siquiera existe en los autos.

El niño de la playa, cansado de patear la lata, la recoge y la tira a una papelera. Un gesto insignificante de orden en un mundo que ha demostrado ser, una y otra vez, un caos absurdo y distópico. Donde maletas llenas de oro viajan de dictadores a narcoterroristas, pasando por moteles de carretera y campos de frutales, y donde lo único que parece tener un valor estable y miserable son doce horas de trabajo de un hombre por quince euros.

La brisa del Estrecho sigue soplando, limpiando huellas, oxidando recuerdos, susurrando una verdad incómoda: que a veces, la distopía más descabellada no es ficción. Es simplemente el mundo, con las sombras alargadas de sus maletas.

Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente PROMPT:

A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género de la distopía y el absurdo, con título “Las maletas de Delcy Rodriguez acabaron en manos de los narcoterroristas de Barbate” de 4000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

Nicolás Maduro, a través de un avión de la compañía Plus Ultra fleta un avión desde Caracas para que su mano derecha, Delcy Rodriguez, entregue a la banda del Peugeot, representada por José Luis Ábalos y Koldo García, una serie de maletas que contienen 104 lingotes de oro, que deben de meter en el maletero de un Peugeot y dejarlo abandonado en un sitio acordado de la calle Ferraz de Madrid.

Una banda sorosiana dedicada al tráfico de esclavos y de maletas es la encargada de robar el Peugeot y entregarlo a otra banda sorosiana de  narcoterroristas en Barbate (Cádiz).

Durante el viaje de 696 kilómetros los sorosianos traficantes de esclavos y de maletas van parando en diferentes moteles de las carreteras para vender esclavos recientemente llegados de Mauritania para trabajar 12 horas diarias a cambio de 15 euros diarios recogiendo frutas para los alcaldes de la izquierda caviar de los municipios correspondientes.

En los moteles son obsequiados con los placeres de hermosas señoritas pagadas por Ábalos.

Una vez llegan a Barbate, en un viaje de 3 días, entregan las maletas a una banda camarada sorosiana compuesta por narcoterroristas para que éstos entreguen por mar, a través de una narcolancha, las maletas en Gibraltar.

Una zodiac de la guardia civil les da el alto y es embestida de una forma criminal por la narcolancha de los terroristas y el resultado es que mueren 2 guardias civiles.