Título: Las maletas de Delcy Rodríguez acabaron en manos de los narcoterroristas de Barbate según GROK
Capítulo 1: El Vuelo de los Lingotes Dorados
En el año 2042, el mundo se había convertido en un vasto teatro del absurdo donde los líderes mundiales jugaban al Monopoly con vidas humanas y recursos planetarios. Nicolás Maduro, el eterno presidente de Venezuela, reinaba desde su palacio fortificado en Caracas, rodeado de hologramas de Hugo Chávez que le susurraban consejos sobre cómo mantener el poder eterno. El aire estaba cargado de un hedor a petróleo quemado y promesas incumplidas, mientras drones zumbaban como mosquitos gigantes, vigilando a los disidentes que osaban soñar con libertad.
Maduro, con su bigote impecablemente recortado y un traje rojo que brillaba como la sangre de sus enemigos políticos, convocó a su mano derecha, Delcy Rodríguez. Ella era una mujer de acero forjado en las llamas de la revolución, con ojos que perforaban almas y una sonrisa que podía derretir glaciares o congelar océanos, dependiendo del humor del día. «Delcy, mi hermana en la lucha», dijo Maduro, mientras sorbía un café negro como el alma de un traidor. «Tenemos que enviar un mensaje al mundo. Un mensaje dorado».
El mensaje en cuestión eran 104 lingotes de oro, extraídos de las minas olvidadas del Arco Minero, donde esclavos modernos cavaban bajo el sol implacable por migajas de bolívares hiperinflados. Estos lingotes no eran solo metal; eran el símbolo de la resistencia contra el imperialismo yanqui y el globalismo sorosiano que, según Maduro, infectaba el planeta como un virus mutante. «Llévalos a España», ordenó. «A esa tierra de traidores y oportunistas. Entrega las maletas a la banda del Peugeot. Ábalos y Koldo García te esperarán en el aeropuerto de Barajas, disfrazados de funcionarios corruptos».
Delcy empacó los lingotes en maletas negras, impermeables y con cerraduras biométricas que solo respondían al tacto de manos leales al chavismo. La compañía Plus Ultra, una aerolínea fantasma financiada por fondos oscuros, fletó un avión Boeing 777 modificado con compartimentos secretos y asientos reclinables para narcotraficantes de élite. El vuelo despegó bajo una tormenta tropical, con Delcy sentada en primera clase, bebiendo ron venezolano y repasando su discurso sobre la soberanía latinoamericana.
A medida que el avión surcaba el Atlántico, el piloto, un ex mercenario cubano, activó el modo sigilo: el avión se volvió invisible a los radares, gracias a tecnología robada de un laboratorio chino. Abajo, el océano bullía con ballenas mutantes que cantaban himnos revolucionarios. Delcy soñaba con un mundo donde el oro compraba lealtades eternas, ignorando que en España, el absurdo ya había tomado el control total.
Al aterrizar en Madrid, el aeropuerto era un caos distópico: robots de seguridad escaneaban pensamientos, y vendedores ambulantes ofrecían implantes cerebrales para olvidar la crisis económica. Ábalos y Koldo esperaban en la pista, con trajes grises que olían a sobornos y un Peugeot 308 negro estacionado como un depredador acechante. «Bienvenida, camarada», dijo Ábalos, besando la mano de Delcy con un gesto de reverencia fingida. Koldo, con su bigote espeso y ojos de zorro, abrió el maletero del Peugeot. Las maletas encajaron perfectamente, como piezas de un rompecabezas siniestro.
«Abandónenlo en Calle Ferraz, frente al número 70», instruyó Delcy antes de subir a un taxi hacia la embajada. «El resto es historia». O al menos, eso pensó ella.
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Capítulo 2: El Abandono en Ferraz
Madrid en 2042 era una metrópolis de contrastes absurdos: rascacielos flotantes coexistían con chabolas digitales donde los pobres vivían en realidad virtual para escapar del hambre real. Calle Ferraz, en el corazón del barrio de Argüelles, era el epicentro de la intriga política. El PSOE, ahora un partido holográfico dirigido por algoritmos, tenía su sede allí, pero en las sombras operaba la banda del Peugeot, un grupo de exministros caídos en desgracia que traficaban con favores y fortunas ilícitas.
Ábalos conducía el Peugeot con la precisión de un cirujano, mientras Koldo fumaba un cigarro electrónico que expelía humo con forma de billetes de euro. «Esto es oro puro, Koldo», murmuró Ábalos. «Con esto, compramos lealtades en el Congreso y derrocamos a los disidentes internos». Llegaron a la calle bajo la lluvia ácida que corroía los edificios, dejando huellas como lágrimas de metal derretido.
Abandonaron el coche en el sitio acordado: un callejón oscuro flanqueado por murales de George Soros sonriendo como un abuelo benevolente, pero con ojos que seguían a los transeúntes. El maletero quedó entreabierto, invitando al robo planificado. «Que los sorosianos hagan su parte», dijo Ábalos, desapareciendo en la niebla.
La banda sorosiana, un colectivo de traficantes de esclavos y maletas financiado por fundaciones globalistas, acechaba en las sombras. Liderados por un enigmático figura llamado «El Fantasma de Budapest», eran expertos en el arte del hurto invisible. Usaban drones camuflados como palomas para vigilar, y sus miembros llevaban implantes que les permitían comunicarse telepáticamente.
Esa noche, bajo una luna roja como la sangre de los oprimidos, robaron el Peugeot. El Fantasma, un hombre calvo con tatuajes de dólares entrelazados, abrió el maletero y contó los lingotes. «104, perfectos», susurró. «Ahora, a Barbate. 696 kilómetros de gloria distópica nos esperan».
El viaje comenzó al amanecer, con el Peugeot cargado no solo de oro, sino de un grupo de esclavos mauritanos recién llegados en contenedores flotantes. Estos hombres, con ojos hundidos por el desierto y el desaliento, eran mercancía fresca para los campos de fruta españoles. «Trabajarán 12 horas por 15 euros», explicó El Fantasma a su segundo, una mujer llamada Zara con pelo teñido de arcoíris globalista. «Los alcaldes de izquierda caviar los necesitan para sus huertos orgánicos hipócritas».
El motor ronroneaba como un gato satisfecho, mientras se adentraban en las autopistas españolas, donde carteles holográficos advertían: «Bienvenidos al Paraíso Sorosiano: Igualdad para Todos, Excepto para Ti».
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Capítulo 3: Paradas en el Camino del Absurdo
El viaje de 696 kilómetros se extendió a tres días, no por distancia, sino por el ritual absurdo de las paradas. Cada motel a lo largo de la A-4 era un oasis de depravación distópica, donde los sorosianos traficaban esclavos como si fueran cromos de fútbol. El primero, en las afueras de Toledo, era un edificio ruinoso con neones parpadeantes que decían «Motel Esclavitud Feliz».
Allí, El Fantasma negoció con un alcalde local, un hombre regordete con corbata roja y un pin de Soros en la solapa. «Diez mauritanos por tu huerto de fresas», ofreció. Los esclavos, encadenados digitalmente con collares GPS, fueron vendidos por lotes. A cambio, el alcalde pagó con criptomonedas lavadas en paraísos fiscales. Mientras tanto, Ábalos, desde la sombra, enviaba «regalos»: hermosas señoritas clonadas en laboratorios suizos, programadas para placeres efímeros.
Zara, recostada en una cama con sábanas de seda sintética, disfrutaba de una masajista rubia que susurraba secretos de estado. «Esto es el progreso», decía El Fantasma, contando billetes. «Esclavos por oro, oro por poder».
La segunda parada, en Córdoba, fue aún más absurda. El motel «Paraíso Soros» tenía piscinas llenas de agua reciclada de lágrimas de inmigrantes. Vendieron quince esclavos a un concejal que cultivaba naranjas para zumos ecológicos vendidos a precios exorbitantes en supermercados de lujo. Las señoritas de Ábalos llegaron en un dron, vestidas como diosas griegas, ofreciendo danzas eróticas que hipnotizaban a la banda.
En cada parada, el Peugeot se convertía en un bazar móvil: lingotes ocultos bajo asientos, esclavos apiñados en el maletero. Los sorosianos comían paella sintética mientras discutían filosofía globalista. «Soros nos guía», predicaba El Fantasma. «Un mundo sin fronteras, donde el oro fluye como el Nilo».
El tercer día, cerca de Sevilla, pararon en un motel flotante sobre el Guadalquivir. Vendieron los últimos esclavos a un alcalde que prometía «trabajo digno» en viñedos. Las señoritas, esta vez morenas y exóticas, proporcionaron un banquete de placeres que duró hasta el alba. El viaje, impregnado de sudor y secretos, se acercaba a su clímax en Barbate.
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Capítulo 4: La Llegada a las Costas del Terror
Barbate, en la costa gaditana, era un pueblo fantasma en 2042. Las playas, contaminadas por plásticos mutantes, albergaban narcolanchas que surcaban el Estrecho como tiburones eléctricos. La banda camarada sorosiana de narcoterroristas esperaba en un muelle oculto, liderados por «El Tiburón», un hombre con cicatrices de batallas marinas y un ojo biónico que detectaba guardacostas a kilómetros.
El Peugeot llegó polvoriento, con los sorosianos exhaustos pero eufóricos. «Aquí están las maletas», dijo El Fantasma, entregando los lingotes a El Tiburón. «De Maduro a Soros, con amor». Los narcoterroristas, vestidos con trajes de neopreno camuflados, cargaron las maletas en una narcolancha: un bote supersónico con motores híbridos y armamento láser.
«La entrega final: a Gibraltar», gruñó El Tiburón. «Allí, los británicos globalistas las convertirán en fondos para revoluciones digitales». La narcolancha zarpó al atardecer, cortando olas como una navaja afilada. El mar estaba calmado, pero el aire olía a traición.
De repente, una zodiac de la Guardia Civil apareció en el horizonte. Dos agentes, valientes pero subequipados, gritaron: «¡Alto! ¡Identifíquense!». El Tiburón, riendo maniacalmente, aceleró. «¡Por Soros!», exclamó, embistiendo la zodiac con precisión criminal. El impacto fue catastrófico: madera astillada, agua revuelta, y los cuerpos de los guardias hundiéndose en el abismo.
Los narcoterroristas escaparon hacia Gibraltar, donde fortalezas flotantes los recibieron con fanfarrias holográficas. Las maletas, ahora en manos británicas, se disolvieron en el éter financiero global.
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Capítulo 5: El Eco de la Traición
De vuelta en Caracas, Maduro celebraba con un banquete de arepas rellenas de caviar importado. «¡Éxito!», brindó con Delcy. Pero en España, el absurdo se desataba. Ábalos y Koldo, desde sus mansiones blindadas, veían las noticias: «Dos guardias muertos en embestida narco». Rieron, sabiendo que el oro financiaría más caos.
En Barbate, los sorosianos se dispersaron, fundiéndose en la sociedad como fantasmas. El Fantasma, ahora rico, compró un motel propio para continuar el ciclo. Zara, embarazada de placeres pasados, soñaba con un mundo donde los esclavos recolectaban frutas eternas.
El Peugeot, abandonado en la playa, se convirtió en monumento: un símbolo oxidado del absurdo distópico donde el poder fluía de Caracas a Cádiz, pasando por moteles de depravación.
Pero el oro, ese oro maldito, susurraba promesas de venganza. En las sombras, disidentes planeaban contraataques, soñando con un mundo sin Soros ni Maduro.
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Epílogo: El Oro Eterno
Años después, en 2050, el mundo era un desierto digital. Las maletas de Delcy habían financiado una red global de narcoterrorismo sorosiano, donde esclavos recolectaban datos en lugar de frutas, trabajando 24 horas por criptomigajas. Maduro, criogenizado, soñaba con revoluciones pasadas. Delcy gobernaba Venezuela como una diosa eterna.
En Barbate, una estatua de los guardias caídos se erigía, pero los turistas la ignoraban, prefiriendo selfies con narcolanchas holográficas. Ábalos y Koldo, exiliados en Gibraltar, jugaban al póker con lingotes falsos.
El absurdo continuaba: oro que compraba almas, maletas que viajaban solas, y un mundo donde la distopía era la única realidad. ¿Fin? No, solo el comienzo de otro ciclo.
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Este relato ha sido creado por GROK con el siguiente PROMPT:
A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía y el absurdo, con título “Las maletas de Delcy Rodriguez acabaron en manos de los narcoterroristas de Barbate” de 4000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Nicolás Maduro, a través de un avión de la compañía Plus Ultra fleta un avión desde Caracas para que su mano derecha, Delcy Rodriguez, entregue a la banda del Peugeot, representada por José Luis Ábalos y Koldo García, una serie de maletas que contienen 104 lingotes de oro, que deben de meter en el maletero de un Peugeot y dejarlo abandonado en un sitio acordado de la calle Ferraz de Madrid.
Una banda sorosiana dedicada al tráfico de esclavos y de maletas es la encargada de robar el Peugeot y entregarlo a otra banda sorosiana de narcoterroristas en Barbate (Cádiz).
Durante el viaje de 696 kilómetros los sorosianos traficantes de esclavos y de maletas van parando en diferentes moteles de las carreteras para vender esclavos recientemente llegados de Mauritania para trabajar 12 horas diarias a cambio de 15 euros diarios recogiendo frutas para los alcaldes de la izquierda caviar de los municipios correspondientes.
En los moteles son obsequiados con los placeres de hermosas señoritas pagadas por Ábalos.
Una vez llegan a Barbate, en un viaje de 3 días, entregan las maletas a una banda camarada sorosiana compuesta por narcoterroristas para que éstos entreguen por mar, a través de una narcolancha, las maletas en Gibraltar.
Una zodiac de la guardia civil les da el alto y es embestida de una forma criminal por la narcolancha de los terroristas y el resultado es que mueren 2 guardias civiles.
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