Título: Maduro y Zapatero, dos tontos muy tontos

Capítulo 1: El Mundo de las Bolas Rodantes

En el año 2042, el mundo se había convertido en una gran mesa de billar. No literalmente, por supuesto, pero metafóricamente sí. Las naciones eran bolas numeradas, rodando sin control sobre un tapete verde manchado de sangre y petróleo. Estados Unidos era la bola número 1, siempre apuntando a derribar a las demás con un taco invisible llamado «justicia global». España, una bola rayada y descolorida, intentaba mantenerse en el bolsillo de la neutralidad, pero siempre terminaba chocando contra Venezuela, esa bola roja y rebelde que se negaba a caer en el agujero.

Nicolás Maduro, el presidente eterno de Venezuela, gobernaba desde una fortaleza flotante en el Caribe, construida con billetes de bolívares hiperinflados y decorada con retratos de Hugo Chávez que parpadeaban como hologramas defectuosos. Maduro no era un dictador común; era un mago del absurdo. Podía convertir el petróleo en agua salada y las elecciones en circos donde los payasos votaban por él. Pero su mayor truco era colaborar con estructuras criminales invisibles, o al menos eso decían los gringos.

José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente de España, vivía en una mansión en Madrid convertida en un laberinto de espejos. Cada espejo reflejaba una versión diferente de sí mismo: el mediador internacional, el amigo de los oprimidos, el tonto útil. Zapatero coleccionaba pasaportes diplomáticos como si fueran cromos de fútbol, y su hobby favorito era volar a Caracas para jugar al billar con Maduro. «¡Una jugada a dos bandas!», gritaba siempre, riendo mientras las bolas chocaban en patrones impredecibles.

El mundo distópico se regía por la Ley del Absurdo Supremo: toda acción política debía ser ridícula o ilegal, preferiblemente ambas. Las cárceles eran spas de lujo donde los presos jugaban al Monopoly con dinero real, y los juicios se decidían con tiradas de dados. En este contexto, surgió la Operación «Detener al Número 1», un plan maestro para capturar a Maduro, pero con un giro: involucrar a Zapatero como el tonto que sostenía el taco equivocado.

La asociación Hazte Oír, un grupo de vigilantes morales con binoculares y Biblias, decidió lanzar la primera bola. Presentaron una querella ante la Audiencia Nacional de España, acusando a Zapatero de ser el colaborador estrella en la «estructura criminal» de Maduro. Narcoterrorismo, tráfico de drogas, blanqueo de capitales… la lista era más larga que la cola del paro en la España post-pandemia. «¡Es un peligro público!», proclamaban, exigiendo que Zapatero declarara como investigado, con comparecencias semanales en un juzgado convertido en sala de baile.

Mientras tanto, el sindicato Manos Limpias, unos tipos con guantes blancos y máscaras de teatro, denunciaron a Zapatero y al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ante la Embajada de EE.UU. por dar cobertura a dos altos cargos chavistas acusados de tortura. Estos chavistas vivían en Madrid con asilo político, disfrutando de tapas y flamenco mientras sus víctimas soñaban con venganza en sótanos húmedos.

Así comenzaba la partida. Las bolas rodaban, y nadie sabía quién caería primero.

Capítulo 2: La Bola Roja y el Taco Torcido

Maduro se despertó en su palacio flotante con un dolor de cabeza que parecía un terremoto de magnitud 9. «¡Camaradas!», gritó a sus guardaespaldas, que eran en realidad actores de telenovelas disfrazados. «¡Los yanquis me quieren detener! ¿Qué es esto de narcoterrorismo? ¡Yo solo exporto petróleo y sonrisas!»

En realidad, Maduro sabía que los cargos en EE.UU. eran serios. Lo acusaban de liderar un cártel que mezclaba cocaína con ideología bolivariana, enviando paquetes a todo el mundo disfrazados de ayuda humanitaria. Pero él lo veía como un malentendido. «Es solo negocio familiar», murmuraba, recordando sus reuniones con Zapatero en salones llenos de humo de habanos.

Zapatero, por su parte, estaba en su laberinto de espejos, practicando discursos. «Yo solo medié por la paz», se decía, mientras un espejo le devolvía una imagen con cuernos de diablo. La querella de Hazte Oír lo había pillado por sorpresa. Exigían testimonios de José Luis Ábalos, su antiguo ministro que ahora vendía máscaras en un mercado negro; Koldo García, un asesor que coleccionaba escándalos como sellos; y Víctor de Aldama, un empresario que convertía contratos públicos en fortunas privadas.

«¡Medidas cautelares!», exclamaba Zapatero, riendo nerviosamente. Comparecencias semanales, retirada de pasaporte, prohibición de salida de España… Era como si lo trataran como a un niño travieso. Pero en este mundo absurdo, los niños traviesos gobernaban naciones.

La Operación «Detener al Número 1» era una jugada de billar a dos bandas: por un lado, atrapar a Maduro; por el otro, desestabilizar a sus aliados en Europa. Los agentes de la DEA, disfrazados de turistas con sombreros de paja, vigilaban las costas venezolanas. Mientras, en España, los jueces bailaban tango con los abogados, decidiendo casos basados en el ritmo de la música.

Manos Limpias añadió leña al fuego. Su denuncia ante la Embajada de EE.UU. acusaba a Zapatero y Grande-Marlaska de proteger a torturadores chavistas. Estos dos altos cargos, apodados «Los Gemelos del Dolor», vivían en un ático en Madrid, donde organizaban fiestas con cava y caviar, mientras sus víctimas enviaban cartas anónimas pidiendo justicia.

Zapatero llamó a Maduro por un teléfono rojo que solo funcionaba los días pares. «Nicolás, amigo, estamos en problemas. ¿Qué hacemos?»

Maduro respondió con una carcajada: «¡Jugamos al billar! Envía la bola a dos bandas: distrae a los jueces con un baile y yo me encargo de los yanquis con un truco de magia.»

Así, la partida continuaba, con bolas chocando en direcciones inesperadas.

Capítulo 3: El Juzgado de los Payasos

La Audiencia Nacional de España se había transformado en un circo literal. El juez principal, un hombre con peluca roja y nariz de payaso, golpeaba el mazo que era en realidad un globo inflable. «¡Orden en la sala!», gritaba, mientras los abogados lanzaban confeti.

Zapatero entró esposado con cadenas de goma, flanqueado por Ábalos, García y Aldama, quienes llevaban disfraces de superhéroes fallidos. La querella de Hazte Oír era leída por un coro de monjas con megáfonos: «¡Colaboración con estructura criminal! ¡Narcoterrorismo! ¡Tráfico de drogas! ¡Blanqueo de capitales!»

Zapatero se defendió con un monólogo absurdo: «Señores, yo solo jugaba al billar con Maduro. Él era la bola roja, yo el taco. ¿Es delito ayudar a un amigo a meter la bola en el agujero?»

El público estalló en risas, pero el juez no se inmutó. «Basado en la evidencia de EE.UU., declaro a Zapatero investigado. Comparecencias semanales: los lunes bailará flamenco ante el tribunal. Pasaporte retirado: lo usaremos como servilleta en la cafetería. Prohibición de salida: España es su cárcel dorada.»

Ábalos testificó primero: «Yo solo transportaba maletas. ¿Drogas? No, eran souvenirs de Caracas: arepas rellenas de sueños bolivarianos.»

García añadió: «Mis consejos eran puros. ‘Koldo, di la verdad’, me decía Zapatero. Y la verdad es que todo era un malentendido.»

Aldama, el empresario, sacó un maletín lleno de contratos: «Esto es arte abstracto. Líneas de blanqueo? No, curvas de prosperidad.»

Mientras tanto, en la Embajada de EE.UU., Manos Limpias presentaba su denuncia. Zapatero y Grande-Marlaska eran acusados de dar asilo a «Los Gemelos del Dolor», quienes torturaban con métodos absurdos: obligar a las víctimas a ver telenovelas interminables o comer arepas sin relleno.

Grande-Marlaska, con su uniforme de ministro que parecía un traje de baño, defendió: «Asilo político es sagrado. Estos chavistas son refugiados culturales. Traen salsa y merengue a Madrid.»

Pero los embajadores yanquis, con gafas de sol y pistolas de agua, no reían. «Esto es cobertura a criminales. ¡Operación Detener al Número 1 en marcha!»

Maduro, desde su fortaleza, enviaba drones con mensajes: «¡Resiste, Zapatero! Somos dos tontos muy tontos, pero invencibles.»

La distopía se profundizaba: las calles de Madrid se llenaban de manifestantes con carteles que decían «¡Bolas libres!» y «¡Tacos para todos!»

Capítulo 4: La Bola que Rebota

La operación escaló a niveles absurdos. Maduro, detenido en una redada yanqui disfrazada de fiesta de carnaval, fue llevado a una prisión en Miami donde las celdas eran suites de hotel. «¡Esto es narcoterrorismo!», protestaba, mientras le servían cócteles sin alcohol.

En España, Zapatero violó sus medidas cautelares escapando en un globo aerostático impulsado por discursos calientes. «¡A Caracas!», gritó, pero el viento lo llevó a Gibraltar, donde monos lo recibieron como a un rey.

Hazte Oír organizó una cacería humana con perros rastreadores entrenados en oler hipocresía. «¡Encuéntrenlo! ¡Es el colaborador número uno!»

Manos Limpias, no contentos, hackearon el sistema de asilo español, convirtiendo los documentos de «Los Gemelos del Dolor» en recetas de paella. Grande-Marlaska, furioso, declaró: «Esto es guerra absurda. ¡Llamen a los payasos de reserva!»

Zapatero, en Gibraltar, se reunió con Maduro vía holograma. «Nicolás, somos tontos, pero listos. Hagamos una jugada a tres bandas: involucra a los chavistas en Madrid.»

Los Gemelos, acusados de tortura con cosquillas y música reggaetón a volumen máximo, se unieron a la fuga. Vivían en un ático con vistas al Retiro, donde practicaban bailes para evadir la justicia.

La sociedad distópica colapsaba: las bolas de billar ahora eran personas, rodando por calles inclinadas. Los jueces dictaban sentencias en verso, y los políticos competían en concursos de mentiras.

Zapatero y Maduro planeaban su gran escape: un túnel submarino de Caracas a Madrid, cavado con cucharas de postre. Pero el absurdo intervino: el túnel emergió en la Casa Blanca, donde un presidente dormido los confundió con delivery de pizza.

«¡Deténganlos!», gritó la DEA. Pero en el caos, las bolas chocaron: Ábalos tropezó con García, Aldama robó un helicóptero, y Grande-Marlaska bailó distracción.

Capítulo 5: El Choque Final

El clímax llegó en una mesa de billar gigante en la ONU, convertida en arena de gladiadores. Maduro y Zapatero, encadenados juntos, enfrentaban a los acusadores: Hazte Oír con Biblias como escudos, Manos Limpias con guantes como armas.

«¡Colaboradores criminales!», gritaban. «¡Narcoterrorismo! ¡Tortura! ¡Blanqueo!»

Zapatero respondió: «Somos solo tontos jugando. Maduro, la bola; yo, el taco. ¿Culpa? El absurdo del mundo.»

Maduro añadió: «¡Yanquis, devuélvanme mi petróleo! ¡Esto es una jugada sucia!»

Los testigos desfilaron: Ábalos con maletas vacías, García con excusas, Aldama con gráficos falsos. Los Gemelos torturaban al público con anécdotas aburridas.

El juez supremo, un robot con sombrero, dictó: «Culpables de absurdo extremo. Pena: eternidad en una partida de billar infinita.»

Pero en un giro, las bolas rebeldes chocaron: Maduro rodó libre, Zapatero tacó a los jueces. Caos: confeti, risas, explosiones de globos.

Escaparon en un avión de papel gigante, volando sobre un mundo donde las distopías se convertían en comedias.

Epílogo: La Bola que Nunca Para

Años después, en un mundo aún más absurdo, Maduro y Zapatero vivían en una isla flotante, jugando billar eterno. Las querellas y denuncias se convirtieron en leyendas, contadas por payasos en circos globales.

Hazte Oír y Manos Limpias fundaron un partido de bolas inertes, pero perdieron elecciones ante un candidato invisible.

Grande-Marlaska bailaba solo en su ministerio vacío.

Los tontos muy tontos habían ganado: en la distopía, el absurdo siempre triunfa. Las bolas rodaban, y la partida continuaba.

Fin.

Este relato ha sido creado por GROK con el siguiente PROMPT:

A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía y el absurdo, con título “Maduro y Zapatero, dos tontos muy tontos” de 4000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

Jugada de billar a 2 bandas:

Operación «Detener al Número 1»

Ofensiva judicial contra Zapatero por «colaborar con la estructura criminal» de Maduro con

  1. Una querella presentada por la asociación Hazte Oír ante la Audiencia Nacional de España contra el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, acusándolo de colaborar con la estructura criminal del presidente venezolano Nicolás Maduro, detenido por delitos relacionados con narcoterrorismo y tráfico de drogas. Las acusaciones incluyen tráfico de drogas, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal. Se basa en evidencia de la acusación contra Maduro en Estados Unidos y busca que Zapatero declare como investigado, con medidas cautelares como comparecencias semanales, retirada de pasaporte y prohibición de salida de España. También pide testimonios de José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor de Aldama.
  2. Además, el sindicato Manos Limpias ha denunciado a Zapatero y al ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska ante la Embajada de EE.UU. por dar cobertura a dos altos cargos chavistas acusados de tortura, que residen en Madrid con asilo político.