A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía, con título “Operación Groenlandia Alcatraz 51” de 5000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Estados Unidos, a través de su Presidente, Donald Trump y de su Secretario de Estado, Marco Rubio, idean un Plan de reorganización de los presos distribuidos en las diferentes cárceles de los Estados Unidos en uno único centralizado en una zona de difícil escapatoria, como fue la prisión de Alcatraz y, a la vez, obligar a los presos por sus daños ocasionados a la sociedad con trabajos que pagarán sus gastos en la prisión y, a la vez, en condiciones duras de temperatura en contraposición a las prisiones con piscina climatizada y gimnasios de diseño que gozan las cárceles en Europa.
Además, tanto la alimentación, como la vestimenta y otros gastos personales tendrán que ser pagados por los propios presos por trabajos en favor de la Sociedad. El lugar escogido es Groenlandia.
Operación Groenlandia Alcatraz 51
Capítulo 1: La Propuesta Helada
En el año 2028, Estados Unidos se hundía en una espiral de caos. Donald Trump, reelegido en unas elecciones marcadas por protestas masivas y acusaciones de manipulación, gobernaba con puño de hierro desde una Casa Blanca rodeada de barricadas. Su Secretario de Estado, Marco Rubio, un hombre calculador con raíces cubanas que le recordaban constantemente el precio de la libertad, presentaba un plan radical en la Sala de Situación. «Señor Presidente», dijo Rubio, proyectando un mapa de Groenlandia en la pantalla holográfica, «nuestro sistema penitenciario es un desastre. Prisiones sobrepobladas, costos astronómicos para los contribuyentes, y presos viviendo como en resorts europeos con piscinas climatizadas y gimnasios de lujo. Necesitamos reorganizar todo en un solo centro: impenetrable, productivo y punitivo.»
Trump, sorbiendo su Diet Coke, entrecerró los ojos. «Suena bien, Marco. ¿Como Alcatraz, pero más grande? ¿Dónde?» Rubio señaló el vasto hielo blanco. «Groenlandia. Compramos la isla a Dinamarca –o la tomamos si es necesario– y la convertimos en Alcatraz 51. Zona de difícil escapatoria: océanos helados, temperaturas bajo cero, osos polares. Los presos trabajarán para pagar su estancia. Minería de recursos árticos, construcción de infraestructuras, incluso investigación climática forzada. Nada de lujos; alimentación, ropa, todo lo pagan con su sudor. Es justicia: devuelven a la sociedad lo que le quitaron.»
El plan, Operación Groenlandia Alcatraz 51, era distópico en su esencia. Prisiones federales y estatales se vaciarían; convictos de todo el país –asesinos, ladrones, traidores políticos– serían enviados al norte. «Condiciones duras», enfatizó Rubio. «Frío constante, trabajos extenuantes. Contraste con las cárceles europeas donde los criminales viven mejor que muchos ciudadanos libres.» Trump sonrió. «Genial. Los liberales llorarán, pero ahorraremos billones. Y si escapan, el Ártico los matará.»
En las sombras de Washington, el agente penitenciario Jack Harlan, un veterano endurecido por años en Rikers, recibió la orden de preparar el traslado inicial. «Esto es una locura», murmuró a su esposa por teléfono. Pero las órdenes eran claras: seleccionar 5,000 presos para el piloto. En Groenlandia, equipos de construcción ya excavaban bajo el hielo, construyendo barracones reforzados, minas subterráneas y torres de vigilancia con IA.
Elena Vargas, una convicta por fraude corporativo, oyó rumores en su celda en California. «Nos mandan al infierno helado», susurró a su compañera. Poco sabía que su vida estaba a punto de convertirse en un engranaje de esta máquina opresiva.
Capítulo 2: El Traslado al Abismo
- La Operación estaba en marcha. Dinamarca, bajo presión económica –sanciones que estrangulaban su comercio–, cedió Groenlandia por un «acuerdo de seguridad mutua». Trump lo anunció en un discurso nacional: «Alcatraz 51 será el fin de la delincuencia blanda. Presos pagarán su deuda trabajando por América.» Rubio supervisaba desde un búnker en Alaska, coordinando vuelos masivos de transporte.
Jack Harlan lideraba el primer convoy: 10,000 presos encadenados en aviones militares, aterrizando en pistas heladas cerca de Nuuk, ahora rebautizada como Punto Cero. El frío golpeaba como un puñetazo; temperaturas de -40°C. «Bienvenidos a su nuevo hogar», gritó Harlan a través de altavoces. «Trabajen o mueran. Minen hielo para agua, extraigan minerales para exportación. Su comida: raciones básicas, pagadas con puntos de trabajo. Nada gratis.»
Elena, temblando en su overol naranja delgado, fue asignada a una mina de criolita. «Esto no es prisión; es esclavitud», protestó. Pero los guardias, equipados con trajes térmicos y drones de choque, no toleraban disidencia. Un preso intentó huir el primer día; un oso polar lo destrozó antes de que los drones lo alcanzaran.
En Washington, Rubio reportaba éxitos: «Producción inicial: 500 toneladas de minerales al mes. Costos reducidos en 70%. Y los presos aprenden disciplina.» Trump, envejeciendo pero vigoroso, aprobaba expansiones: más barracones, fábricas de procesamiento. «Europa nos critica, pero sus prisiones son spas. Aquí, justicia real.»
Sin embargo, grietas aparecían. Presos morían de hipotermia; familias en EE.UU. protestaban traslados. Un grupo de derechos humanos filtró videos: convictos cavando en tormentas, comiendo sopa aguada ganada con 12 horas de labor. «Es inhumano», declararon. Pero el gobierno los tachó de «traidores liberales».
Elena formó una alianza secreta con otros presos: planeaban sabotaje. «Si trabajamos para ellos, morimos. Luchemos.»
Capítulo 3: Labores en el Hielo
- Alcatraz 51 se expandía como un cáncer helado. Cientos de miles de presos ahora poblaban la isla, divididos en sectores: mineros, constructores, «científicos» forzados a experimentar con cambio climático. Rubio visitaba periódicamente, inspeccionando líneas de producción. «Cada preso genera valor», decía. «Pagos por trabajo: 10 centavos la hora. Con eso compran comida, ropa térmica. ¿Quieren lujos? Trabajen más.»
Jack Harlan, ascendido a alcaide, luchaba con su conciencia. Veía presos colapsar en las minas, dedos congelados amputados sin anestesia. «Esto no es rehabilitación; es exterminio lento», confió a un subordinado. Pero órdenes de Trump eran absolutas: «Cero tolerancia a la debilidad.»
Elena, endurecida por años de labor, lideraba una red subterránea. Robaban herramientas, sabotearon una mina causando un derrumbe que mató a 20 guardias. «Por cada uno de nosotros que muere, ellos pagan», juró. Rumores de rebelión se extendían; drones vigilaban, pero el frío interfería señales.
En EE.UU., la distopía se profundizaba. Leyes ampliaban crímenes punibles con traslado: protestas, disidencia online. «Alcatraz 51 limpia nuestras calles», tuiteaba Trump. Rubio negociaba exportaciones: minerales groenlandeses financiaban muros fronterizos.
Un invierno brutal trajo hambruna. Presos no ganaban suficiente para raciones; canibalismo susurrado en barracones. Elena organizó una huelga: miles se negaron a trabajar. Guardias respondieron con gas helado; cientos murieron. Harlan, horrorizado, filtró datos a la prensa: «Esto es un gulag americano.»
La respuesta: purgas. Harlan fue acusado de traición, enviado como preso.
Capítulo 4: La Rebelión Congelada
- La Operación se desmoronaba. Alcatraz 51, con un millón de presos, era un polvorín. Rubio, presionado por escándalos, ordenaba represión: trabajos 18 horas, raciones mínimas. «Rompan su espíritu», mandó.
Elena, ahora líder de la resistencia, unía facciones: pandillas, políticos exiliados. «Groenlandia no es prisión; es nuestra arma», proclamaba en reuniones secretas. Robaron armas de guardias congelados, hackearon drones.
Jack Harlan, como preso, se unió. «Sé los débiles: el frío es su enemigo también.» Planeaban: durante una tormenta, atacar Punto Cero.
Trump, en declive, delegaba en Rubio. «Aplasta la rebelión. Usa fuerza letal.» Aviones bombardeaban sectores rebeldes; hielo se teñía rojo.
La batalla: presos armados con picos contra guardias. Elena lideraba carga; Harlan saboteaba comunicaciones. Miles murieron en nieve, pero capturaron una base.
Rubio evacuó élites; Trump declaró emergencia: «Alcatraz 51 caerá, pero reconstruiremos.» Pero el mundo reaccionaba: sanciones internacionales, protestas globales contra «el gulag de Trump».
Elena, herida, transmitió mensaje: «Somos los olvidados. Pero el hielo nos libera.»
Capítulo 5: El Colapso Polar
- Clímax en Alcatraz 51. Rebeldes controlaban mitad de la isla; gobierno enviaba tropas. Rubio comandaba desde submarino: «Exterminen.»
Elena y Harlan defendían: minas trampas, avalanchas inducidas. Batalla épica: explosiones derritiendo hielo, océanos reclamando tierra.
Trump, desde búnker, ordenaba nuclear táctico. «Mejor destruida que perdida.» Pero disidentes hackearon: misiles desviados.
Isla fracturada; miles huyeron en barcos robados. Elena sacrificó: detonó cargas, sepultando fuerzas gubernamentales.
Victoria amarga: Groenlandia inhabitable, radioactiva. Sobrevivientes fundaron comuna libre, pero frío reclamaba vidas.
Trump cayó; Rubio huyó. EE.UU. en caos civil.
Epílogo: Cenizas Heladas
- Ruinas de Alcatraz 51. Elena, superviviente, lideraba exiliados en Canadá. Trump juzgado por crímenes; Rubio ejecutado.
Groenlandia símbolo de opresión. Mundo distópico advertía: «Justicia no es venganza.»
Pero sombras persistían; nuevos planes árticos acechaban.
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