Título: Pfizergate: Von der Leyen destruyó los mensajes con el consejero delegado de Pfizer después de que fuesen solicitados por la prensa
Capítulo 1: El Eco de los Mensajes Efímeros
En el año 2042, la Unión Europea había evolucionado en un laberinto burocrático tan vasto que sus pasillos digitales se extendían como venas invisibles por todo el continente. Bruselas, la capital eterna, era un enjambre de drones que entregaban decretos y hologramas que proyectaban rostros de líderes inmortales. Ursula von der Leyen, la Presidenta Eterna de la Comisión Europea, reinaba desde su torre de cristal flotante, donde las decisiones se tomaban no con plumas y pergaminos, sino con susurros en aplicaciones que se autodestruían al amanecer.
La pandemia de COVID-19 había sido solo el preludio. Ahora, las vacunas no eran meros pinchazos; eran el elixir de la obediencia. Pfizer, la megacorporación farmacéutica, había fusionado su ADN con el del estado, produciendo dosis que no solo inmunizaban contra virus, sino que implantaban nanochips para monitorear pensamientos disidentes. Von der Leyen, con su sonrisa pixelada, negociaba directamente con Albert Bourla, el Consejero Delegado de Pfizer, un hombre cuya cabeza era un holograma proyectado desde Nueva York, ya que su cuerpo real había sido criogenizado décadas atrás.
Sus conversaciones eran efímeras, como copos de nieve en un desierto digital. «Querido Albert», tecleaba ella en su teléfono cuántico, «necesitamos 1.800 millones de dosis para pacificar a los escépticos. Asegúrate de que los chips incluyan el módulo de lealtad eterna». Bourla respondía con emojis de jeringuillas danzantes: «Por supuesto, Ursula. Calendario ajustado. Tu reinado es inquebrantable».
Pero en este mundo distópico, lo absurdo acechaba en cada byte. Los teléfonos de los líderes no eran meros dispositivos; eran entidades vivas, alimentadas por algoritmos que devoraban datos innecesarios. «Efímero» era la palabra sagrada de la Comisión. Cualquier mensaje que no requiriera «seguimiento administrativo» se evaporaba, dejando solo un rastro de confeti virtual que nadie podía reconstruir.
Björn Seibert, el Jefe de Gabinete de Von der Leyen, era un cyborg con ojos que escaneaban realidades alternas. En el verano de 2021 –un tiempo que ahora parecía prehistórico–, revisó aquellos SMS mientras sorbía café sintético. La primera solicitud de la prensa había llegado en mayo: «Entreguen los mensajes. El pueblo tiene derecho a saber». Seibert rió, su risa un eco metálico. «¿Calendario? ¿Solo eso? Efímero, efímero», murmuró, y los mensajes se disolvieron en el éter, como si nunca hubieran existido.
La sociedad europea, meanwhile, vivía en un absurdo perpetuo. Los ciudadanos llevaban collares que vibraban al detectar «teorías conspirativas», y las vacunas anuales actualizaban sus memorias colectivas, borrando recuerdos incómodos. Von der Leyen era adorada como una diosa, pero en las sombras de los foros subterráneos, se susurraba sobre el «Pfizergate»: el escándalo que amenazaba con deshilachar el tapiz de control.
Capítulo 2: La Solicitud que Despertó al Fantasma
La prensa, o lo que quedaba de ella, era un gremio de hologramas rebeldes que operaban desde búnkeres en las afueras de París. En mayo de 2021, un periodista llamado Elias Thorn, un hombre con implantes oculares que veían a través de mentiras, presentó la solicitud oficial. «Los mensajes entre Von der Leyen y Bourla», exigió. «Revelen el velo de la opacidad».
En la torre de cristal, Von der Leyen sintió un escalofrío en su espina dorsal cibernética. «Björn, revísalos», ordenó. Seibert, con sus dedos de titanio, accedió al teléfono. Los mensajes flotaban como fantasmas: discusiones sobre calendarios, sí, pero entre líneas, códigos para activar los nanochips. «No los conservemos», decidió Seibert. «Son efímeros. Como sueños olvidados».
Lo absurdo se manifestaba en la norma: la Comisión clasificaba los SMS como «no-registros». Mientras en Estados Unidos, los mensajes presidenciales se archivaban en nubes eternas, en Bruselas, se desvanecían si no «requerían seguimiento». Von der Leyen cambió de teléfono tres veces desde entonces, cada uno más inteligente que el anterior, pero ninguno transfería datos «innecesarios». Su actual dispositivo, un modelo Signal-Omega, era un ser paranoico que borraba todo al detectar escrutinio.
Thorn, el periodista, no se rindió. Envió drones mensajeros que bombardeaban la torre con peticiones. La Comisión respondió con evasivas: «No negamos su existencia, pero ¿existen realmente si no se conservan?» Era el doble rasero en acción: transparencia para los plebeyos, opacidad para los dioses.
En las calles de Europa, la distopía florecía. Los vacunados bailaban en plazas obligatorias, sus mentes sincronizadas por los chips. Quienes rechazaban las dosis eran exiliados a «Zonas de Pensamiento Libre», donde el absurdo reinaba: árboles que hablaban en burocratés y ríos de tinta roja que ahogaban disidentes.
Von der Leyen, acorralada en su mente, soñaba con mensajes que regresaban como zombies digitales. «Albert, ¿qué hemos hecho?», susurraba en la noche, pero su teléfono respondía: «Mensaje efímero detectado. Borrando».
Capítulo 3: El Juicio de los Hologramas
El Tribunal de Justicia de la Unión Europea, un coliseo virtual donde jueces con togas de luz juzgaban desde dimensiones paralelas, finalmente intervino. En 2024, dictaminaron: «Bruselas no explicó de forma plausible por qué se negó a entregar los intercambios». La sentencia fue un rayo en la torre de cristal.
Los abogados de la Comisión, androides con corbatas de seda sintética, habían evitado admitir la existencia de los mensajes. «No lo negamos», repetían como un mantra absurdo. Pero ahora, forzados, la Comisión confesó al New York Times –un relicto periodístico de otro mundo–: «Sí, existieron. Pero ya no».
La Defensora del Pueblo, una entidad etérea llamada Ombud, había señalado en 2022: «Mala administración». Los mensajes se revisaron después de la solicitud, pero se descartaron sin registrar. «Conscientemente», acusaba Ombud, su voz un eco en los pasillos digitales.
Von der Leyen, en una conferencia holográfica, defendió: «Solo calendarios. Nada que justifique conservación». Pero el absurdo era palpable: ¿cómo calendarios efímeros negociaban 1.800 millones de dosis que controlaban mentes? Bourla, desde su criocámara, enviaba risas codificadas.
En la sociedad, el escándalo provocaba glitches. Algunos ciudadanos, con chips defectuosos, recordaban fragmentos: «Von der Leyen vendió nuestras almas por vacunas». Manifestaciones absurdas surgían: personas disfrazadas de jeringuillas gigantes bailando en Bruselas, exigiendo «mensajes eternos».
Seibert, el cyborg, fue interrogado. «Los revisé», admitió. «¿Y luego?» «Efímeros». El tribunal rió, un sonido como circuitos cortocircuitados. La opacidad era la norma, pero ahora, el velo se rasgaba.
Capítulo 4: La Moción de los Desconfiados
El Parlamento Europeo, un hemiciclo de clones y rebeldes, debatía la moción de censura en el verano de 2042. Era la primera en décadas contra un presidente. «Von der Leyen ha fallado en la rendición de cuentas», gritaban los eurodiputados críticos, sus voces amplificadas por megáfonos implantados.
Von der Leyen, flotando en su podio holográfico, los tachó de «teorías conspirativas desacreditadas». Pero las revelaciones la contradecían: mensajes existieron, se destruyeron después de solicitados. El Pfizergate no se apagaba; ardía como un virus mutante.
Paula Pinho, la portavoz, un androide con labios de silicona, reiteraba: «No hay obligación para efímeros». Pero el doble rasero era evidente: mientras plebeyos archivaban cada tuit, los líderes borraban con impunidad.
En las «Zonas de Pensamiento Libre», Thorn organizaba una resistencia absurda: hackeaban teléfonos presidenciales para insertar mensajes falsos, como «Ursula ama los gatos voladores». El caos se extendía: vacunas que hacían a la gente hablar al revés, burocracias donde formularios se autodestruían antes de firmarse.
La moción no prosperó, pero dejó cicatrices. Von der Leyen perdió confianza; sus aliados la miraban con ojos digitales sospechosos. Bourla, en un mensaje efímero final, advirtió: «Cuida tus espaldas, Ursula. Los fantasmas regresan».
Capítulo 5: El Colapso del Éter
El clímax llegó en una tormenta digital. Thorn, con un ejército de hackers, irrumpió en la torre. «¡Los mensajes!», exigían. Von der Leyen, acorralada, activó su teléfono: «Borrar todo». Pero el absurdo intervino: el dispositivo, sobrecargado, revivió los SMS como hologramas flotantes.
«Albert, activa los chips de olvido masivo», leía uno. La multitud jadeó. Los nanochips, revelados, comenzaron a fallar: ciudadanos recordaban opresiones, rebelándose en danzas caóticas.
Seibert intentó huir, pero su cuerpo cyborg se atascó en un bucle: «Efímero, efímero». Bourla, descongelado prematuramente, apareció como un zombie farmacéutico, exigiendo dosis eternas.
Von der Leyen, en pánico, cambió de teléfono una vez más, pero este era inteligente demasiado: se rebeló, enviando todos los mensajes al mundo. Europa colapsó en absurdo: vacunas que convertían a la gente en marionetas, pero ahora bailaban libres.
El Pfizergate culminó en risas histéricas: la opacidad destruida por su propia efimeridad.
Epílogo: Sombras Eternas
En las ruinas de Bruselas, 2043, Von der Leyen vagaba como un fantasma, su torre caída. Los mensajes, ahora eternos en la mente colectiva, recordaban la fragilidad del poder. Thorn gobernaba una Europa absurda pero libre, donde los SMS se archivaban en nubes infinitas.
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