A Maduro le ofrecieron irse del país y tener un retiro dorado en otro país y no aceptó…

Zapatero, el mentor de Sánchez ha sido el representante del chavismo en el exterior…

Y Sánchez tiene implicados a toda la familia en casos de corrupción…

A Maduro le cayó encima la Delta Force de Trump.

A Sánchez le esperan más informes de la UCO y presentaciones judiciales del TRibunal Supremo…

¿Por qué no abandona ahora que puede en su Falcon España y se va a vivir, junto a JB, la vida padre en la República Dominicana?

No creo que sea necesario hablar personalmente con Maduro y preguntarle que tal se vive en New York…

A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Pedro Saunez huye en Falcon a la República Dominicana de JB” de 3000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo anterior.

Pedro Saunez huye en Falcon a la República Dominicana de JB

Capítulo 1: La Sombra del Mentor

En las entrañas de Madrid, donde el humo de los cigarros se mezclaba con el hedor a traición política, Pedro Saunez se recostaba en su sillón de cuero gastado, rodeado de pilas de informes que olían a escándalo. La luz tenue de una lámpara de escritorio iluminaba su rostro, marcado por líneas de cinismo acumulado. Saunez no era un hombre de ideales; era un superviviente, un lobo en piel de cordero socialista que había escalado el poder pisando cuellos y firmando pactos con el diablo.

Su mentor, el viejo Zapatero, le había enseñado todo. «El poder no se gana con votos, Pedro», le susurraba en aquellas reuniones clandestinas en La Moncloa, «se gana con aliados en la sombra». Zapatero, ese fantasma del chavismo, había sido el embajador no oficial de Maduro en Europa. Viajaba a Caracas con maletines llenos de promesas y regresaba con bolsillos llenos de favores. Ahora, con Maduro caído en desgracia, Zapatero se había evaporado como humo de un puro habano, dejando a Saunez solo con el peso de sus propios pecados.

Saunez miró el teléfono. Un mensaje de su esposa, Begoña –o JB, como la llamaba en privado, un apodo que nadie entendía pero que sonaba a secreto familiar–. «Pedro, los informes de la UCO llegan mañana. ¿Qué hacemos?». Él sonrió con amargura. Toda la familia estaba metida en el fango: hermanos, suegros, hasta el perro parecía sospechoso de blanqueo. Corrupción, la palabra que flotaba en el aire como un mal olor que no se va con ambientador.

¿Por qué no huir? Maduro había rechazado la oferta de Trump: un retiro dorado en algún paraíso fiscal, lejos de las balas y las protestas. Pero Maduro se quedó, y la Delta Force le cayó encima como un martillo divino. Saunez no era tan tonto. Tenía el Falcon, ese jet presidencial que devoraba combustible como un político devora presupuestos. República Dominicana lo esperaba, con playas de arena blanca y villas compradas con dinero dudoso. JB ya había mirado propiedades allí, cortesía de contactos chavistas.

Pero algo lo retenía. Orgullo, quizás. O miedo a ser olvidado. Apagó la luz y se sirvió un whisky. La noche madrileña susurraba promesas de caída.

Capítulo 2: El Eco de Caracas

Saunez recordaba las noches en que Zapatero le contaba historias de Maduro. «Nicolás es un tipo duro, Pedro. Le ofrecieron Nueva York, un ático con vistas al Hudson, pero dijo no. Prefirió el palacio y las balas». Saunez se reía entonces, pero ahora el eco resonaba en su cabeza como un mal chiste. Maduro había subestimado a Trump; la Delta Force irrumpió en Miraflores como fantasmas en la niebla, llevándoselo en helicóptero negro. Ahora, Maduro vegetaba en alguna celda de Guantánamo, soñando con arepas y revoluciones fallidas.

Saunez no necesitaba llamar a Maduro para preguntarle cómo era la vida en Nueva York. Sabía que el exilio dorado era una trampa: lujo a cambio de silencio, pero el silencio nunca dura. Los enemigos siempre encuentran la forma de recordarte tus pecados. Él tenía sus propios demonios: la UCO, esa unidad de la Guardia Civil que olfateaba corrupción como un sabueso. Informes filtrados hablaban de contratos inflados, maletines en aeropuertos, y la familia entera salpicada. El Tribunal Supremo acechaba, con jueces que no se vendían por un cargo.

Caminó por los pasillos de La Moncloa, donde las paredes oían todo. Un asesor le susurró: «Señor Presidente, el Falcon está listo. República Dominicana es neutral, y JB ha hablado con contactos allí». JB, siempre práctica. Ella había manejado los hilos familiares, tejiendo una red de influencias que ahora se deshilachaba. «¿Por qué no huir ahora, Pedro? Antes de que sea tarde».

Pero Saunez dudaba. Era cínico, sí, pero no cobarde. O eso se decía. Encendió un cigarro y miró por la ventana. Madrid dormía, ajena a los lobos que la gobernaban.

Capítulo 3: La Red Familiar

La familia era el talón de Aquiles de Saunez. En una cena clandestina en un restaurante de lujo en Chamberí, rodeado de guardaespaldas que fingían ser camareros, Pedro se reunió con sus parientes. Su hermano, implicado en contratos de arte dudosos; su suegro, con cuentas en paraísos fiscales; y JB, la reina de las influencias, con su empresa que olía a favoritismo.

«Pedro, los de la UCO han allanado mi oficina», gimió su hermano, sudando bajo la luz tenue. Saunez lo miró con desprecio. «Cállate. Todos estamos en esto». JB intervino, su voz como un cuchillo envuelto en seda: «Huyamos. República Dominicana nos espera. Zapatero tiene amigos allí, chavistas exiliados que viven como reyes. El Falcon nos lleva en horas».

Saunez sorbió su vino tinto, pensando en Maduro. El venezolano había rechazado el exilio porque creía en su legado. ¿Qué legado tenía Saunez? Un gobierno de coaliciones frágiles, escándalos que se acumulaban como basura en las calles. El cinismo lo invadía: el poder era una ilusión, un juego donde todos perdían al final.

Esa noche, solo en su despacho, abrió un cajón secreto. Documentos clasificados, pruebas de corrupción que podía quemar o llevar consigo. El teléfono sonó: Zapatero, desde algún lugar en el exilio. «Pedro, no seas como Nicolás. Huye mientras puedas». Saunez colgó. El mentor ya no mandaba.

Fuera, la lluvia golpeaba las ventanas como dedos acusadores. Saunez decidió: era hora de planear la huida.

Capítulo 4: El Vuelo del Falcon

El Falcon esperaba en la pista de Torrejón, su silueta plateada brillando bajo la luna. Saunez subió a bordo con JB a su lado, maletas llenas de efectivo y documentos falsos. Los pilotos, leales hasta el fin, no preguntaban. «Destino: Santo Domingo», murmuró Pedro, acomodándose en el asiento de cuero.

Durante el vuelo, Saunez reflexionaba sobre su caída. Los informes de la UCO eran como bombas de relojería: contratos con empresas fantasma, subvenciones a familiares, todo salpicado de chavismo importado por Zapatero. El Tribunal Supremo preparaba citaciones que lo hundirían. ¿Por qué no había huido antes? Orgullo, estupidez, el cinismo de creer que podía ganar.

JB le tomó la mano. «Allí viviremos como dioses, Pedro. Playas, villas, sin jueces ni prensa». Él asintió, pero en su mente flotaba Maduro: rechazando el exilio, enfrentando a la Delta Force. Trump había sido implacable; Saunez imaginaba comandos irrumpiendo en La Moncloa, pero él era más listo. O eso creía.

El avión surcaba el Atlántico, dejando atrás España como un mal sueño. República Dominicana, el paraíso de los exiliados, donde chavistas y corruptos convivían en mansiones compradas con petróleo venezolano. JB sonrió: «La vida padre nos espera».

Pero en el fondo, Saunez sabía que el exilio era solo otro infierno disfrazado.

Capítulo 5: La Llegada al Paraíso Falso

Santo Domingo los recibió con calor húmedo y palmeras que susurraban secretos. La villa, cortesía de contactos de Zapatero, era un palacio de mármol y piscinas infinitas. Saunez y JB se instalaron, rodeados de sirvientes que no preguntaban por el pasado.

Pero el cinismo no tardó en asomar. Noticias de España llegaban como puñaladas: dimisiones en cadena, escándalos familiares en portada, el Tribunal Supremo emitiendo órdenes de busca. Saunez bebía ron dominicano, riendo amargamente. «Maduro rechazó esto, y mira dónde está».

JB organizaba fiestas con exiliados chavistas, tipos con bigotes y acentos caraqueños que contaban historias de revoluciones fallidas. «Zapatero nos salvó», decían, pero Saunez veía la verdad: eran ratas en un barco hundido, viviendo de migajas.

Una noche, solo en la playa, Saunez pensó en regresar. Pero era tarde. El Falcon estaba confiscado, España lo quería en prisión. El paraíso era una cárcel dorada.

Epílogo: El Cinismo Eterno

Años después, Saunez paseaba por las calles de Santo Domingo, un fantasma olvidado. JB lo había dejado por un chavista más joven. Zapatero llamaba de vez en cuando, desde su propio exilio. «Pedro, el poder es efímero».

Saunez no necesitaba lecciones. Sabía que huir había sido su única victoria. Maduro rotaba en una celda; él, al menos, tenía sol y ron. Pero en las noches, el cinismo lo devoraba: ¿valió la pena? España seguía, con nuevos lobos en el poder.

No, no necesitaba preguntar a Maduro sobre Nueva York. El exilio era el mismo en todas partes: un retiro dorado con barro en el alma.

Fin.