Título: Trump explica sus conversaciones con Macron y los líderes progresistas europeos

Capítulo 1: El Imperio de las Píldoras Doradas

En el año 2045, Estados Unidos se había transformado en el Gran Imperio Trumpiano, un vasto territorio donde los rascacielos dorados se elevaban como dedos acusadores hacia el cielo contaminado. Donald Trump, el Emperador Eterno, gobernaba desde su Torre Dorada en Nueva York, un edificio que flotaba sobre nubes artificiales generadas por ventiladores gigantes. Su cabello, ahora un implante holográfico que cambiaba de color según su humor, brillaba en tonos naranjas furiosos mientras dictaba decretos absurdos.

El mundo estaba dividido: América, el bastión del «bajo costo eterno», donde los medicamentos costaban menos que un chicle masticado, y Europa, el Continente Progresista, un laberinto de burocracias ecológicas donde los líderes vestían trajes hechos de algas recicladas y bebían agua con infusiones de igualdad. Emmanuel Macron, el Presidente Vitalicio de Francia, reinaba en un Palacio de Versalles reconvertido en un centro de meditación colectiva, donde las decisiones se tomaban mediante votaciones holográficas que duraban semanas.

Trump, en su sala de guerra –una habitación llena de pantallas que mostraban memes de sí mismo–, se jactaba de sus conversaciones con los «progres europeos». «¡Emmanuel, sube los precios de las píldoras!», gritaba al aire, recordando aquella llamada de 2024. En este mundo distópico, los medicamentos no eran solo curas; eran el combustible de la sociedad. En América, las píldoras Trumpianas curaban todo: desde resfriados hasta dudas políticas, implantando lealtad eterna. En Europa, eran gratuitas, pero venían con sermones sobre sostenibilidad que inducían somnolencia.

«¡Hablé con ese tipo bueno, Macron!», proclamaba Trump en sus discursos diarios, transmitidos por drones que sobrevolaban ciudades. «Le dije: ‘Emmanuel, tienes que duplicar los precios. De 10 a 20 dólares, ¡boom!’. Él dijo: ‘No, no, no, es inaceptable políticamente'». Trump reía, su risa un eco amplificado por altavoces implantados en su garganta. Pero en la realidad absurda, no era solo una exigencia; era una guerra farmacéutica. Si Europa subía precios, América bajaba los suyos, creando un equilibrio loco donde las píldoras volaban como misiles comerciales.

Macron, en su palacio, sudaba bajo su corona de laureles sintéticos. «Donald, no podemos. Nuestros ciudadanos protestarían con baguettes orgánicas». Pero Trump amenazaba: «¡25% de aranceles en todo lo francés! Vinos, quesos, hasta vuestros perfumes apestosos». En este dystopia, los aranceles eran armas nucleares económicas, capaces de convertir castillos en ruinas fiscales.

Los líderes progresistas europeos –Angela Merkel clonada, Pedro Sánchez con implantes solares– se reunían en cumbres absurdas, donde discutían mientras comían croissants flotantes. «Trump nos obliga a envenenar nuestra utopía», gemían. Pero el Emperador Eterno seguía explicando, en mítines donde el público masticaba píldoras de aplausos obligatorios.

Capítulo 2: La Llamada que Despertó al Dragón Europeo

La llamada ocurrió en una noche tormentosa de 2024, pero en 2045 se había convertido en leyenda. Trump, sentado en su trono de oro macizo, marcó el número holográfico de Macron. La pantalla se iluminó con el rostro del francés, rodeado de asesores que susurraban en lenguas muertas como el latín burocrático.

«Emmanuel, amigo mío», empezó Trump, su voz modulada para sonar como un rugido de león. «Tus precios de medicamentos son demasiado bajos. ¡Sube! Duplícalos. De 10 a 20, fácil». Macron parpadeó, su corbata ecológica ajustándose sola. «Donald, eso destruiría nuestra sanidad universal. Es inaceptable. Nuestros votantes nos lincharían con banderas arcoíris».

En el absurdo de este mundo, los medicamentos eran moneda. En América, Trump había decretado que las píldoras costaran «menos que un hot dog en un rally». Bajaban de 130 a 20 dólares, gracias a fábricas robotizadas que imprimían drogas en 3D. Pero para mantenerlo, necesitaba que Europa subiera precios, creando un «equilibrio global» donde los europeos pagaban por la grandeza americana.

«¡Lo harás al 100%!», insistió Trump. «Sé amable, acepta ahora, o aranceles del 25% en todo. Tus autos eléctricos se oxidarán en puertos, tus modas se deshilacharán». Macron palideció, imaginando viñedos arancelados convirtiéndose en desiertos. «Pero Donald, somos aliados progresistas. Hablemos de clima, no de píldoras».

Trump colgó, riendo. En sus explicaciones posteriores, exageraba: «Le obligué. Dijo no cuatro veces, pero yo soy el mejor negociador. Ahora Francia paga más, y nosotros menos». En realidad, Macron resistió, convocando a los líderes progresistas: Scholz de Alemania, con su bigote robótico; Von der Leyen, la Emperatriz Europea, con ojos que escaneaban mentiras.

En cumbres secretas, planeaban contramedidas absurdas: exportar «píldoras de empatía» a América para ablandar a Trump. Pero el Emperador seguía jactándose en sus «Explicaciones Trumpianas», shows holográficos donde recreaba conversaciones con marionetas de líderes europeos.

La sociedad americana florecía en el absurdo: ciudadanos tomaban píldoras que les hacían votar automáticamente por Trump, mientras en Europa, los precios bajos causaban colas infinitas en farmacias, donde los boticarios recitaban poemas socialistas antes de dispensar.

Capítulo 3: La Cumbre de los Precios Inflados

La Gran Cumbre Progresista de 2040 fue el clímax del absurdo. Líderes europeos se reunieron en Bruselas, en un edificio que cambiaba de forma según el consenso. Trump apareció como holograma gigante, proyectado desde su torre. «¡Escuchadme, progres!», bramó. «Subid precios o aranceles everywhere».

Macron, flanqueado por clones de Merkel, respondió: «Donald, tu lógica es distópica. Si subimos, nuestros pueblos se rebelan con guillotinas digitales». Trump rió: «¡Yo obligué a Emmanuel! Le dije duplica, y él cedió. Ahora, todos vosotros: Sánchez, sube en España; Scholz, en Alemania. Bajaremos en América a precios mundiales más bajos».

En este mundo, los aranceles eran monstruos vivos: criaturas tarifarias que devoraban exportaciones. Francia envió quesos que se derretían en aduanas americanas, vinos que se convertían en vinagre. «¡25%!», repetía Trump en sus explicaciones, mientras sus seguidores masticaban píldoras de patriotismo.

Los líderes progresistas intentaron contraatacar con «diplomacia empática»: enviaron delegaciones con regalos absurdos, como baguettes que cantaban himnos europeos. Pero Trump los rechazaba: «No quiero vuestras migajas. Subid precios, o boom».

Von der Leyen, con su armadura burocrática, propuso un tratado: «Compartamos fórmulas. Precios equilibrados». Trump: «No. Vosotros pagáis más, nosotros menos. Es el arte del deal». La cumbre terminó en caos: hologramas colapsando, líderes huyendo en autos voladores.

En América, Trump explicaba en rallies: «Obligué a Macron. Dijo no, pero con aranceles, sí. Ahora Europa sufre, nosotros prosperamos». La distopía se profundizaba: píldoras americanas curaban cáncer pero inducían alucinaciones trumpianas, mientras europeos pagaban fortunas por aspirinas básicas.

Capítulo 4: La Rebelión de las Píldoras

La rebelión estalló en 2043. En Francia, ciudadanos con máscaras de Macron invertidas protestaban: «¡No a precios trumpianos!». Píldoras volaban como proyectiles, explotando en nubes de polvo farmacéutico. Trump, desde su torre, explicaba: «Veis, obligué a Emmanuel. Ahora pagan el doble, y nosotros bajamos a 20».

Macron convocó a los progresistas: «Debemos unirnos contra el tirano dorado». Sánchez propuso píldoras solares; Scholz, robots farmacéuticos. Pero Trump amenazaba más aranceles: «50% si no cedéis». En el absurdo, los aranceles evolucionaron a «aranceles inteligentes» que hackeaban economías, convirtiendo euros en dólares falsos.

Trump’s explicaciones se volvieron diarias: recreaciones holográficas donde él era un gigante, pisoteando líderes europeos miniatura. «Hablé con Macron, le dije sube o muere comercialmente». Sus seguidores aplaudían, dopados con píldoras de euforia.

En Europa, la distopía florecía: precios altos causaban «enfermedades progresistas», como burocratitis crónica. Líderes se reunían en bunkers, planeando una «píldora anti-Trump» que induciría empatía global.

Pero Trump persistía: «Todos los líderes europeos me temen. Les obligo, y ceden».

Capítulo 5: El Colapso Dorado

El fin llegó en 2045. Una píldora defectuosa americana causó un glitch masivo: ciudadanos recordaban verdades, rebelándose contra precios bajos pero controladores. En Europa, precios altos colapsaron economías, líderes huyendo en naves espaciales.

Trump, acorralado en su torre, explicaba una última vez: «Obligué a Macron, a todos. Pero ahora…». Su holograma parpadeó, disolviéndose.

Macron, desde el exilio, rió: «Tu absurdo nos liberó». El mundo colapsó en caos farmacéutico: píldoras libres, precios flotantes.

Epílogo: Ecos de Conversaciones Olvidadas

En las ruinas de 2046, Trump vagaba como fantasma holográfico, explicando a nadie: «Obligué a Macron…». Europa, reconstruida en absurdidad progresista, vendía píldoras de paz. La lección: en dystopias, las exigencias se convierten en ecos efímeros.